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Por Neidys Hernández Avila.

Cada persona es única e irrepetible, Dios nos ha dado un ADN, unas huellas digitales y órganos únicos. Así sucede con los hijos. Las madres que tenemos más de un hijo, sabemos que cada uno es diferente aunque sean del mismo padre.

Hay hijos que difieren más de los padres en cuanto a forma de pensar y actuar, y otros que no. Lo que si no podemos cansarnos es de rezar por ellos. Los hijos son la mayor alegría que una madre pueda experimentar, son el complemento y razón de una mujer y aunque algunas no sean madres, pero sí son tías, también experimentan este placer.

Santa Mónica, cuya memoria celebramos hoy día 27 de agosto, es patrona de las madres y a la vez mamá de San Agustín. Ella sufrió en su matrimonio, pues el esposo que no era católico,era un buen trabajador, pero de genio fuerte. Tuvieron tres hijos y el mayor, Agustín, heredó el carácter de su padre. Ella sufría mucho con sus desplantes y los fuertes estallidos de ira. Mónica rezaba y ofrecía sacrificios por su esposo, que se convirtió al catolicismo y fue bautizado antes de su muerte.

Mónica rezaba constantemente por la conversión de su hijo Agustín, que había sido enviado a estudiar a Cartago y se había enrolado en una secta anticristiana. Ella lo siguió por varias ciudades de Italia y lloraba por la pérdida espiritual de su hijo. Tuvo una revelación de una voz que le dijo: “tu hijo volverá contigo” y también es famosa la respuesta que un obispo dio a Mónica cuando le contó que llevaba años rezando por la conversión de Agustín, cuando le dijo “es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas”.

Y así fue como Agustín, el hijo descarriado de esta santa mujer se llegó a convertir y hoy en día es Santo, Doctor de la Iglesia y guía de tantos jóvenes que buscan a Dios en su corazón. Muchas madres y esposas se han encomendado a Santa Mónica para que les ayude a convertir a sus esposos e hijos. Aquí les dejamos esta poderosísima oración:


Oración de las madres por la fe de los hijos:

Padre y Señor nuestro, fuente de toda vida, somos madres cristianas. Con tu bendición y la cooperación de nuestros maridos, hemos concebido para esta vida temporal a nuestros hijos. Pero nuestra misión no termina con el nacimiento de los hijos: queremos también concebirlos para la vida eterna.

Para lograrlo, insistimos con igual devoción y constancia que santa Mónica en estas peticiones, repitiendo esta súplica: ¡Ayúdanos Padre y Señor nuestro!

Padre que, como santa Mónica, guiemos a nuestros hijos hacia ti con nuestra propia vida, más decididamente cristiana cada día. ¡Ayúdanos Padre y Señor nuestro!

Para que nos esmeremos en lograr la plena cooperación de nuestros esposos en sembrar y consolidar la fe de nuestros hijos. ¡Ayúdanos Padre y Señor nuestro!

Para que, como santa Mónica, tratemos bien a nuestros hijos, y procedamos en todas las circunstancias con dulce serenidad, autoridad y amor. ¡Ayúdanos Padre y Señor nuestro!

Para que estemos pendientes de la evolución del carácter de nuestros hijos, y atentas a los diversos ambientes en que se desenvuelve su vida. ¡Ayúdanos Padre y Señor nuestro!

Para que de tal modo comuniquemos la fe de nuestros hijos, que ellos se preocupen de vivirla y transmitirla a los demás. ¡Ayúdanos Padre y Señor nuestro!

Para que, si brotara de alguno de nuestros hijos o hijas el germen de una consagración religiosa o sacerdotal, seamos generosas colaboradoras de su vocación. ¡Ay

údanos Padre y Señor nuestro!


Para que transmitamos a nuestros hijos el conocimiento y amor a la diócesis y a la parroquia en que vivimos, y les enseñemos a colaborar con ellas. ¡Ayúdanos Padre y Señor nuestro!

Para que, si algún hijo nuestro se desvía del buen camino, los padres sepamos cercarlo de amor, oraciones y consejos, hasta conseguir su retorno a la fe y a la práctica religiosa. ¡Ayúdanos Padre y Señor nuestro!

Para que, en el trato con otras madres, nos interesemos por sus necesidades, despertemos en ellas su responsabilidad cristiana y logremos integrarlas a la vida de la parroquia y de la Iglesia. ¡Ayúdanos Padre y Señor nuestro!

Amén.

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