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Por Diác. Miguel Ángel Ortiz Corrales

Uno de los frutos del Concilio Vaticano II fue el deseo de restaurar el diaconado como grado propio y estable de la jerarquía, con esta restauración la Iglesia se acerca a la comunidad apostólica tal como lo atestigua el Libro de los Hechos de los Apóstoles.

El diácono debe asumir ciertas actitudes y comportamientos que deben estar presentes  en su servicio a la comunidad y al interior de su familia. El diácono,como cualquier cristiano, está llamado a la santidad; vive su consagración bautismal y vive su doble sacramentalidad (esposo y clérigo) que le lleva a ser fiel a la consagración que brota del sacramento del Matrimonio y del sacramento del Orden Sagrado. Ser diácono no lo lleva a una forma radicalmente distinta de ser comunidad, por el contrario, siendo miembro de la comunidad es a su vez su servidor encarnando a Cristo Siervo, en el servicio a cada uno, y siendo, además, fermento de ese espíritu de servicio que tiene que distinguir a todo bautizado para hacer de la Iglesia, como propone el Papa Francisco, una iglesia diaconal, esto es una iglesia servidora.

La Carta a Timoteo en el Capítulo 3 nos regala un hermoso perfil del diácono “Debe ser un hombre amante de la verdad, responsable, perseverante, humilde, laborioso, celoso de la gloria de Dios. 

El diácono realiza su servicio en tres áreas. El Servicio de la Palabra, el Servicio de la Liturgia y el Servicio de la Caridad.

El servicio de la Palabra.

En el rito de la ordenación diaconal, después que ha sido revestido con los ornamentos propios de este orden se arrodilla ante el obispo,  que le entrega el libro de los Evangelios y le dice: “Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero; esmérate en creer lo que lees, enseñar lo que crees y vivir lo que enseñas”.[1]

El ministerio de la Palabra no queda confinado al momento de la proclamación del Evangelio en la celebración o en la homilía, el diácono está llamado a un testimonio de hombre que escucha esta Palabra,  que la  proclama  y la hace vida,que le  configura como ministro cristiano con un estilo que le lleva a vivir inmediatamente de un modo determinado, convirtiéndose en otro Cristo servidor, para ello debe prepararse y meditar continuamente las Sagradas Escrituras y los documentos del Magisterio de la Iglesia, esta realidad insoslayable será lo que distinguirá su servicio ministerial de un servicio humanamente asistencial, dicho de otra manera, solo la dimensión espiritual hará de su servicio la diferencia con un trabajador social. El diácono se ocupará además de despertar una nueva cultura iluminada por la Palabra de Dios, y la Tradición Apostólica de la cual también es custodio y transmisor cuando propone   integral y fielmente el misterio de Cristo.

El diácono intuye con el auxilio del Espíritu Santo, al que encuentra en la oración de cada día, la grandeza y la amplitud de este camino de servicio, precisando su fin específico: la realización del Reino de Dios en nuestro mundo hoy.  (Continuará…)



[1]Pontifical Romano. Ritual de Ordenes,  Rito de la Ordenación de Diáconos.

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