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1)  Motivación:  Comenzamos  esta  lectura  haciendo  silencio  exterior  e  interiormente.
Creamos la actitud interior de “escuchar a Dios”.
 
2) Lectura del texto: Mateo 20, 1-16. Leemos muy despacio, atentos a este texto.
 
3) Comentario:
 
  El eje de la predicación de Jesús es el Reino de Dios: anunciar su llegada y animar a insertarse en su construcción.  Trabajar  por  el  Reino  de  Dios  significa  predicar  al Dios del  amor,  para  que  ese Dios  sea conocido y amado, y hacer y promover el bien.  
  Si nos centramos  en  esto, nuestra vida se llenará  de sentido, todo fluirá mejor  y nos quitaremos de encima muchas amarguras inútiles. Porque podemos enfocar la mirada en el Reino, centrándonos en servir y dar lo mejor de nosotros mismos, o podemos enfocarnos en ser los protagonistas estrella, con lo cual, tanto la predicación de Dios como el servicio a otros serían, en el fondo, un medio para brillar y ser reconocidos por los demás.  
  ¿Qué pasa en el Evangelio de hoy? Que los primeros trabajadores no ponen la mirada en el gozo que significa haber trabajado, aprovechado y servido todo un día, sino en el que no se les ha reconocido, alabado y premiado. Han trabajado por la viña (la imagen del Reino), pero su mirada no ha estado puesta en la viña sino en su esfuerzo.
  Cuántos conflictos estériles se producen en la Iglesia y fuera de la Iglesia por falta de gratuidad, por no mirar lo bueno de servir, ayudar, facilitar…, sino por estar pendientes de si me reconocen o no, de si me felicitan o no, de si me dan o no los puestos que brillan. Es verdad que en el ser humano es una necesidad el reconocimiento  y  la  valoración  de  los  demás,  pero  cuando  esto  condiciona  la  entrega  al  Reino,  nos convertimos en personas que no están centradas en que su obrar sea una bendición y promueva el Reino de Dios.  Por  el  contrario, nos  metemos  en  la  espiral  sin  fondo  de  la “necesidad” de  ser  mirados,  admirados, aplaudidos, premiados…  
  En  una  comunidad  cristiana,  esta  actitud  es  fuente  de  división,  rivalidades  y  malos  rollos.  En  una familia,  enrarece  el  ambiente  y  genera  un  reclamo  interminable  de  derechos.  En  todo  caso,  es  una mentalidad destructiva.
  El  Evangelio  de  hoy  es  una  invitación  a descomplicarnos,  a  poner  la  mirada  en  la  posibilidad  que tenemos  de  que  otros,  a  través  de  nosotros,  conozcan  a  Dios  y  reciban  el  bien,  y  a  poner  en  esa  actitud  la recompensa, relativizando el reconocimiento que los demás puedan hacer o no de nuestra entrega.
 
4) Aplicación a nuestra vida.
 
  Hoy vamos a jugar en familia al médico. Vamos a poner dos listados de síntomas: uno de síntomas de  enfermedad  y  otro  de  síntomas  de  buena  salud espiritual. En  familia,  vamos  a  anotar  los  síntomas  que encontramos, y al final vamos a evaluar qué tal va nuestra salud.

 

Síntomas de buena salud.

 

Síntomas de enfermedad.

Búsqueda sincera de hacer la voluntad de Dios.    Rivalidad con los demás: lo mío primero.
Fidelidad  a  lo  que  me  hace  crecer  en  la  fe:  oración,
lectura  de  la  Biblia,  asistencia  a  la  Misa,
confesarme…
   Reclamo de servicio y rechazo a servir.
Disponibilidad  para  con  los más  cercanos.  (Esto
significa:  puedes  contar  conmigo  cuando  lo
necesites, yo estoy aquí para ti).
   Actitud exigente y autoritaria.
Estar atento a lo que necesita el otro.    Criticón.
 Actitud  de  búsqueda  de  soluciones  reales  para  los
problemas de los demás, en la medida de las propias
posibilidades.
   Inconforme con todo o con casi todo.
 Fidelidad a lo que me toca hacer, con independencia
de  las  circunstancias  externas  o  internas (si  tengo
deseos o no).
   Más  centrado  en  los  problemas  que  en  la
búsqueda de soluciones.
 Capacidad de resiliencia, de asumir sin quejas lo que
me cuesta o no me gusta.
   Problematizar  los  problemas  en  vez  de
relativizarlos y manejarlos lo mejor posible.
 Capacidad de sacrificio.    Resentimiento si no me tienen en cuenta.
 Actitud  descomplicada,  sin  hacer  tormentas  en  un
vaso de agua ni “problematizar los problemas”.
   Especialista en ver la paja en el ojo ajeno.
Flexibilidad  en  el  diálogo.  Capacidad  de  escuchar  y
valorar los criterios de otros, sin “atrincherarme” en
los míos.
  Ignorar o no tener en cuenta las necesidades de las
personas más cercanas.
Capacidad  de  reconocer  los  propios  errores  y
defectos y tratar de enmendarlos.
   
Espíritu de equipo, de comunidad.    

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

5) Conclusión.
 
  Para terminar, cada miembro de la familia felicitará a los demás por el síntoma de salud que más le guste, y le pedirá que enmiende el síntoma de enfermedad que más quiera que el otro resuelva.
  Luego, rezarán juntos un Padre Nuestro y un Ave María.
Al finalizar, harán la señal de la cruz mientras uno, en nombre de todos, dice: “Que nos bendiga Dios Todopoderoso, Padre, Hijo, y Espíritu Santo”. Amén.

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