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La bandera de La Demajagua.

Por Neidys Hernández Avila

La iglesia cubana del siglo XIX estaba integrada, en su gran mayoría, por clero español; los que apoyaban el régimen colonial.

Desde 1820 inicia el proceso de desamortización, que consiste en la expropiación de las propiedades de las Órdenes Religiosas, al darse cuenta la corona española que poseían más riquezas, prácticamente, que los Reyes de España. Junto a la Real Orden y al Real Decreto de los años 1836 y 1838, se suprimen las Órdenes Religiosas en Cuba y Puerto Rico y son confiscados todos sus bienes por el estado español. Esto trae consigo el cierre de veinte Conventos en Cuba y la reducción considerable del Clero foráneo.

 

La historia recoge que ya desde 1848 se suceden un conjunto de conspiraciones, alzamientos y desembarcos; lo que crea las condiciones que propiciaron el levantamiento del 10 de octubre de 1868, liderado por Carlos Manuel de Céspedes en su finca La Demajagua en el oriente del país. Movido principalmente por motivos económicos e inspirado por los ideales de igualdad, democracias y justicia, promulgado por los cubanos que le antecedieron y bebieron de la fuente del Pbro. Félix Varela, tales como José Antonio Saco, José de la Luz y Caballero, Rafael María de Mendive, Domingo del Monte, Felipe Poey, Gaspar Betancourt Cisneros y  otros  prestigiosos intelectuales de la  época, que hicieron fructificar la semilla por él sembrada en la formación de la nacionalidad cubana.

Con estas condiciones estalla la guerra. Algunos sacerdotes cubanos participaron en ella. Desde los inicios de la guerra las autoridades coloniales y eclesiales reprimieron a los sacerdotes cubanos que establecían contactos o simpatizaban con los patriotas, a quienes destituían de sus cargos, les encarcelaban,  los condenaban  a trabajos forzados y, en ocasiones, incluso a la  pena de muerte[1].

Un  caso relevante de esa época fue el del sacerdote  santiaguero Francisco  Esquembre Guzmán, quien con sólo 30 años de  edad  fue fusilado en 1870. Este cura, párroco de Cumanayagua y Yaguaramas, cometió el "ultraje" de bendecir la bandera cubana, hecho por  el cual fue excomulgado, le fueron retirados sus atributos sacerdotales y fue entregado a las autoridades coloniales para su ejecución[2]. Algo similar había sucedido en México con los curas Hidalgo y Morelos.

La situación con el Cuerpo de Voluntarios del gobierno español fue al extremo cuando, en 1871, trataron de impedir que desembarcara el obispo de La Habana, Jacinto María Martínez, a su regreso del Concilio Vaticano I, porque había pedido clemencia para los cubanos condenados a prisión o destierro[3].

No obstante, en  ese proceso la Iglesia encontró el  motivo  que necesitaba para que las autoridades coloniales le permitieran  su recuperación institucional con el regreso al país de un nutrido y significativo número de Órdenes Religiosas de ambos sexos, en  lo fundamental  de nacionalidades españolas e identificadas  plenamente con el mantenimiento del estatus colonial.

El clero criollo, aunque minoritario, estaba en franca contradicción al clero de origen peninsular y aunque esta guerra duró 10 años y no se obtuvo la independencia de España, sí quedaron demostradas las diferencias entre ambos, así como la naciente y pujante formación de la nacionalidad cubana.



[1]Dr. Ramón Torreira Crespo. Breve acercamiento histórico a la Iglesia Católica en Cuba: conquista, colonización y pseudorrepública. P 17.

[2]Íbid.

[3]Juan Bosco Amores Carredano. La iglesia cubana y la revolución de independencia (1868-1898). P 147.

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