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Por P. Yosbel Puentes Dousac

Hace 103 años, Dios le regaló a la Iglesia la vida de una mujer extraordinaria, que ante el dolor de ver a Dios, desconocido por tantos, vivió para hacerlo conocer y amar a todos. Santa Laura Montoya Upegui fundó la Congregación de María Inmaculada y Santa Catalina de Sena o las misioneras Lauritas, como cariñosamente las conocemos y con las cuales tenemos la dicha de compartir la vida en la Parroquia de Santa Cruz del Sur de la Arquidiócesis de Camagüey.

Mujeres maravillosas que entregan y se entregan cada día para saciar la sed de Jesús entre las personas que más lo necesitan. Su cercanía y sencillez son signos de un Dios presente en nuestro día a día. Nuestras hermanas Lauritas no tienen fronteras cuando de amar y servir se trata; son incansables; con camioneta o sin camioneta la pastoral en las comunidades son la prioridad, aunque para llegar toque subirse en una pipa de agua, convirtiéndose en toda una aventura su vida misionera.

Caminar, consolar, asistir, visitar, socorrer, estar; son motores que las impulsan y animan en su ser y quehacer misionero.

¿Se cansan las Lauritas? Muchas veces nos hacemos esta pregunta, y la respuesta es clara, pues sí, también son invadidas por el cansancio, pero el deseo de amar y servir lo supera todo. Damos gracias a Dios por su presencia en la Iglesia que peregrina en Camagüey.

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