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Celebramos la Sagrada Familia de Nazaret. Los padres de Jesús van al templo para confirmar que el hijo pertenece a Dios y que ellos son los custodios de su vida, pero no son los propietarios. Todos los padres son custodios de la vida de los hijos, pero no propietarios y deben ayudarlos a crecer, a madurar.

 

Este gesto subraya que solo Dios es el Señor de la historia individual y familiar; todo nos viene de Él. Cada familia está llamada a reconocer tal primado, custodiando y educando a los hijos para abrirse a Dios que es la fuente de la misma vida.

Pasa por aquí el secreto de la juventud interior, testimoniado paradójicamente en el Evangelio por dos ancianos: Simeón y Ana. El viejo Simeón dice a propósito del Niño Jesús: “Este está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten y será como un signo de contradicción […] para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones”.

Jesús ha venido para hacer caer las falsas imágenes que nos hacemos de Dios y también de nosotros mismos; para hacernos “resurgir” hacia un camino humano y cristiano verdadero, sobre los valores del Evangelio.

No hay situación familiar que no esté excluida de este camino             nuevo de renacimiento y de resurrección. Y cada vez que las familias, también las heridas y marcas por la fragilidad, fracasos y dificultades, vuelven a la fuente de la experiencia cristiana, se abren caminos nuevos y posibilidades inimaginables.

Papa Francisco (21 de diciembre de 2017)

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