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Por Carlos A. Peón Casas.

La anécdota que desgrano se la debo a uno de esos libros que por sus claros valores encuentran siempre acomodo en toda biblioteca que se prestigie de serlo.

 Aparece recogida en “Tradiciones Cubanas (Cuadros Viejos)” de Álvaro de la Iglesia. Este librillo fue editado por primera vez en Lima, Perú,  en ocasión del Primer Festival del Libro Cubano, acaecido en 1960. Y aunque ha conocido innumerables segundas y terceras re ediciones, este en particular tiene un inobjetable valor.

Re-leemos allí esta historia que hoy reproducimos como anécdota  y que nos retrotrae al Puerto Príncipe de 1809, a pocos años de la refundación allí  mismo de la Audiencia proveniente de Santo Domingo, donde se libraron los sucesos que aquí narramos.

Se trataba de una disputa legal que llevaban dos pro hombres principeños de entonces, de larga y venerada prosapia en la villa: Don Diego Betancourt, tío del Lugareño, y José I. Varona, quien sería Diputado a Cortes en 1813.

Del asunto del pleito poco se sabe y no debió de ser mucha monta, pero lo que sí se trataba era que en su resolución ninguna de las partes estaba dispuesta a llevar las de perder, por las conocidas repercusiones a sus nobles y bien ganadas reputaciones.

Y es aquí donde entra un nuevo personaje: un Oidor de aquella benemérita institución, de apellido  Ramos, y por quien pasaba el voto que podía decidir el enconado asunto.

Betancourt, que era hombre de muchas mañas, se las arreglo en la víspera del juicio, para convencer a Ramos de fallar a su favor a cambio del regalo de un reluciente quitrín, recién salido de los mejores provisores de tan flamante adminículos: los talleres ingleses.

Pero, o tempora o mores, su adversario Varona había tenido una idea similar, y vaya usted a saber que el día del juicio, el Oidor Ramos, voluble como cualquier veleta expuesta a mejores vientos, votaba a favor del segundo, dejando burlado a un furiosísimo Betancourt.

Para pedir cuentas al miserable e inconsecuente juez, Betancourt en su cólera pretendió hasta tomar la justicia por su mano, y para asegurársela, se armó de un agudo puñal.

Pero el hábil leguleyo, tomando sus previsiones, se había puesto a buen recaudo, esperando que la tormenta se aliviara de algún modo y su querellante volviera a ser un hombre apaciguado.

De tal suerte pudo escapar de su cólera por unos  días, pero finalmente el inquisitivo y más airado Betancourt, logró dar con aquel y lo retó a confesar su desliz.

De la Iglesia nos los cuenta en su finísimo estilo:

“_¿No me había prometido su voto a cambio del quitrín?

_Sí señor, lo confieso, repuso con la mayor frescura el oidor

_¿Quedó Ud. descontento del regalo?

_De ningún modo es una cosa magnífica

_¿Y entonces por qué faltó usted a su palabra mal caballero?

Ramos que era un cínico de cuerpo entero, repuso sin turbarse:

_Seré franco Don Diego…Su contrincante Varona, me obsequió con una magnífica pareja…Ya usted ve…el quitrín no podía andar solo…”[1]

Don Diego jamás pudo cobrárselas como hubiera querido al taimado magistrado, pues con toda la suerte del mundo, el General Someruelos, sabedor del hecho y para librarlo del peligro, lo llamó a su lado; y de allí lo encaminó a la Metrópoli donde terminó sus días casado con una dama de muchos emolumentos, y para colmo el Monarca lo premió con un Marquesado. ¡Ce’est la Vie!

 

[1] Tradiciones Cubanas (Cuadros Viejos). Álvaro de la Iglesia. Primer Festival del Libro Cubano. Lima. Perú. p.100

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