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Queridos hijos e hijas: Como cada año, toda la Diócesis aquí representada se reúne en torno al Obispo para celebrar la Misa Crismal. Como sabemos, esta Misa se llama así porque en ella se consagrará el santo aceite del Crisma, y se bendecirán los Óleos para los catecúmenos y los enfermos.

Jesucristo sigue haciendo maravillas por medio de sus sacramentos. Y utiliza elementos y gestos comunes de nuestra vida diaria como el agua, el pan, el vino, el aceite, una palabra, un gesto con las manos, etc. Es quizás por ello que la gente sencilla entiende mejor y más rápido las cosas de Dios.

• Con el Santo Crisma se ungirán los recién bautizados, los confirmados serán sellados en su fe, y se ungirán las manos de los nuevos  sacerdotes, las cabezas de los nuevos obispos, las iglesias y los nuevos altares.
• Con el Óleo de los enfermos, éstos recibirán alivio en el momento de su enfermedad.
• Y con el Óleo de los catecúmenos, los que van a ser bautizados se preparan y disponen a su bautismo.

En esta Misa especial, los sacerdotes también renovaremos el “sí” que cada uno respondió en alta voz el día de su ordenación sacerdotal. Ese día, a las preguntas del Obispo de “si queríamos consagrarnos al servicio de la Iglesia e imitar siempre el ejemplo de Cristo, cuyo Cuerpo y Sangre serviríamos con nuestras manos”, respondimos, con toda libertad, que sí.

¡Gracias, por tanto, queridos hijos sacerdotes en nombre de esta Iglesia diocesana! Gracias por su entrega, por su dinamismo, por la fatiga de su trabajo, por el amor del día a día en sus comunidades a pesar de estos meses angustiosos y prolongados de pandemia. Gracias porque algunos de ustedes dejaron su patria para venir a ayudarnos y a sufrir con nuestros defectos. Tal vez ustedes no han podido realizar todos sus sueños pastorales, tal vez no hayan podido ni siquiera construir su pequeño templo, pero han formado algo mejor: numerosos cristianos. No olvido el elogio a su sacerdote que me hizo, hace unos años, una señora mayor de una comunidad de las montañas de Guantánamo: “Mire, obispo, a mí mi mamá me enseñó a creer en Dios, pero si no hubiera sido por el Padre Mario yo no hubiese aprendido los diez mandamientos, yo no hubiese aprendido el Padrenuestro y yo no hubiera aprendido a perdonar”.

La gran Santa Teresa, hablando de su época de hace 500 años, escribió: “Tiempos recios son éstos”. Lo mismo podemos decir nosotros hoy de nuestro tiempo. A los problemas propios de toda actividad misionera se unen las dificultades materiales, las humillaciones, las respuestas que demoran, la desconfianza, la incertidumbre y la vida pagana de muchos a nuestro alrededor. Estos tiempos requieren una iluminación especial del Espíritu Santo. Es fácil perder la esperanza, equivocar el camino o, como nos enseñaba repetidamente Mons. Adolfo, “gastar pólvora en salvas y olvidar lo esencial”. Hoy se escucha la frase de “cambiar todo lo que debe ser
cambiado”, pero Jesucristo, muchos siglos antes, invitó a todos a la conversión, al cambio de mentalidad.

Conviene recordar los ejemplos dejados por el santo cura de Ars cuya fiesta hoy celebramos: Un buen párroco tendrá la impresión, en ocasiones, de estar arando en el mar, o predicando en el desierto, o de estar tirando la semilla sobre el asfalto. En ocasiones, un buen párroco sentirá el acoso de los lobos. Benedicto XVI, en su homilía al comienzo de su pontificado, pidió que rezáramos por él para que no huyera ante los lobos. ¡No se imaginaba él que los lobos estaban tan cerca! Los sacerdotes no debemos olvidar que las horas de la cruz son las horas sacerdotales por excelencia en las que el corazón del sacerdote se parecerá más al corazón de Jesucristo.

Sepamos tener la paciencia del sembrador. Sepamos volver a escuchar, como dichas a nosotros, las palabras de Jesucristo: “En el mundo tendrán tribulaciones, pero ¡ánimo! yo he vencido al mundo” (Jn. 16, 33). ¡Cuántos santos hombres y mujeres en la historia de la Iglesia no vieron ni tan siquiera un pedacito pequeño del fruto de su labor apostólica! Por ejemplo, Santa Teresita del Niño Jesús, Patrona de las Misiones, nunca pudo salir de su convento para ir a otros pueblos como era su deseo… Charles de Foucauld, en el desierto con los Tuareg, murió sin ver el más mínimo fruto de su obra… San Antonio María Claret no pudo ser más combatido por los enemigos de la Iglesia, pero él seguía repartiendo catecismos, administrando los sacramentos, sembrando matas de naranjas, recogiendo a los niños de la calle de aquellos tiempos, etc.

Queridos todos: Los monjes cartujos tienen una extraordinaria máxima: “La Cruz permanece mientras el mundo da vueltas”). ¡Qué gran verdad! ¡Cuántas vueltas está dando este mundo de hoy! ¡Cuántas ideologías aparecen y desaparecen! ¡Cuántos, como Napoleón, han anunciado el fin de la Iglesia! Y, sin embargo, aquí sigue presente la Iglesia y yo no sé dónde está enterrado Napoleón.

Monseñor Adolfo nos enseñó que nuestra Iglesia cubana es la Iglesia de los cinco panes y los dos peces. Es el débil rebaño del Señor que no tiene el poder de Goliat sino las muchas posibilidades de David. Y ustedes, los sacerdotes, los diáconos, los consagrados, los laicos, son un ejemplo de cómo aprovechar todas esas posibilidades que nos da el poder trabajar en Cuba que es, según sus palabras: “la tierra buena del Evangelio, donde basta escarbar con la punta de los dedos en el corazón de las personas, para encontrar la fe”.

Queridos diáconos permanentes, queridos consagrados, queridos seminaristas: también en ustedes hay muchos años de fidelidad a los compromisos de su bautismo, o a sus promesas matrimoniales, o a sus votos temporales o perpetuos. Ustedes han sido igualmente ungidos con el sagrado Crisma.
Ustedes forman parte del pueblo sacerdotal que es la Iglesia. Por ello, ésta es también la fiesta de ustedes. A los diáconos les recuerdo lo que expresó sobre ellos hace pocos días el Papa Francisco: “Los diáconos permanentes no son ni “medio sacerdotes”, ni “sacerdotes de segunda", “ni monaguillos de lujo” sino que desempeñan una labor fundamental para la Iglesia: el servicio al Pueblo de Dios”. Yo me atrevería a añadir el consejo que alguien dio a un sacerdote: “No conviertas a tu diácono en un “sacristán ascendido”.

Por su parte, ustedes, queridos laicos, no son religiosos ni sacerdotes del altar, sino que son sacerdotes en el mundo, son profetas en el mundo, son reyes que deben trabajar para que las enseñanzas de Jesucristo se hagan sentir en la sociedad, en las leyes, en sus centros de trabajo, en sus barrios, en sus escuelas. Acojan y cuiden a su arzobispo, a sus sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas. Si es verdad que ustedes los necesitan a ellos, también nosotros los necesitamos a ustedes. Pidan para nosotros un amor ardiente a Jesucristo y un amor grande a la Iglesia. Acompáñennos cuando experimentemos el dolor y la cruz. Aconséjennos. No se frenen en esto. Que nunca ustedes tengan que reprocharse el no haber alertado o
aconsejado a tiempo a un sacerdote, un diácono, un religioso, una religiosa o a una persona casada.

Querida Iglesia del Camagüey: Todos recordamos cómo en aquella memorable cena antes de padecer, Jesucristo rezó a su Padre pidiendo la unidad de su Iglesia. Éstas fueron sus palabras: “No ruego solamente por ellos, sino por todos aquellos que por su palabra creerán en mí. Que todos sean uno como tú y yo somos uno” (Jn. 17, 20-21).

¡Desde hace años mucha gente ha tratado de dividir a nuestra Iglesia, de apagar nuestra luz, de romper la comunión! ¡Qué pena que sobre cristianos muy comprometidos, pero que con su actitud rompieron la comunión, muchos lancen ahora la sombra de la duda…! Repito la frase que escuché al recordado y querido P. José Luis: “¡Cuántos problemas en nuestra Iglesia no hubieran alcanzado la altura a la que llegaron si hubiera habido un poquito de humildad!”

Nuestra Iglesia cubana ha tenido muchas personas humildes. Personalmente he conocido a obispos humildes, sacerdotes humildes, a religiosas humildes, a laicos humildes, que han sabido cuidar la unidad por encima de muchas cosas. La única pertenencia de Mons. Adolfo que yo retuve para mí cuando él murió fue un librito pequeño con citas de San Agustín que él tenía y marcaba. Una de las frases de San Agustín, subrayada, enseña: “La humildad consiste en no buscar ser alabado”. ¡Y mire que la gente alababa a Mons.
Adolfo! Pero él no se dejó desviar por los aplausos ni permitió, a los de su acera y a los de la acera de enfrente, que se le usara como bandera contra algo o contra alguien.

Es verdad que los tiempos y las dificultades para los obispos, los sacerdotes, los diáconos, la vida consagrada y los laicos de hoy han cambiado. Son otros tiempos con otras dificultades. Ahora el martirio es a alfilerazos. Los ejemplos que nos dejaron los llamados a trabajar a la primera hora y su fidelidad a la Iglesia, nos sirven de ejemplo para continuar nuestro trabajo. También habría que reconocer que algunos dieron la espalda a la Iglesia cuando la Iglesia más los necesitaba, negaron su origen y pasaron, incluso, a otros evangelios o abandonaron el rebaño, pero a nosotros no nos corresponde juzgarlos.

Los sacerdotes ahora renovaremos nuestras promesas del día de la ordenación, y también Dios nos va a asegurar, para consuelo de todos, que él seguirá siendo fiel con nosotros, que él seguirá siendo el mismo de siempre. Cada día nos dirá lo que le dijo al desanimado profeta Elías: "Levántate y come que el camino que te queda es largo todavía" (1Re 19, 7).
Que el futuro, pues, no nos preocupe porque, ante cada nueva situación,  Él nos mandará, como lo ha hecho hasta ahora, las personas adecuadas y las ayudas necesarias. A nosotros, sacerdotes, cada día nos invitará a recibir su alimento en la mesa del altar, donde cada vez podremos repetir la misma oración: "No permitas, Señor, que  me aparte de ti".

Sigamos trabajando para que nuestra Iglesia cubana también sea la misma de siempre. Que siga siendo y haciendo lo que hasta ahora es y hace: la Iglesia siempre idéntica. Probada en la paciencia. Reconciliadora. Sanadora de memorias enfermas. Llamando al amor, a la esperanza y al diálogo.
Conversando con unos y con otros. Una Iglesia que, junto con el Pan de Dios, se esfuerza en ayudar a muchos a encontrar el pan de cada día, la medicina de cada día, la ropa de cada día, la esperanza de cada día. Una Iglesia pobre, necesitada, y que no se cansa de multiplicar panes y peces.
Capaz de reconocer sus errores y limitaciones. Todos debemos dar gracias a Dios por esta Iglesia cubana en la que debemos seguir trabajando como enamorados "hasta que la muerte nos separe". Que así sea.

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