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La vida de este santo parece ser de la Edad Media y la primera mitad del siglo XX, donde vivió entre nosotros de manera santa, sufrió los estigmas de Cristo en las manos, los pies y el costado; y realizó grandes milagros en vida. Fue un fraile y sacerdote italiano de la Orden de los Hermanos s Menores Capuchinos (O.F.M. Cap.) En las redes sociales, casi a diario, encontramos frases, fotos y testimonios de su paso por este mundo.

 

 

Todos los días de la vida del Padre Pío sucedió un milagro. Igual que otros santos que realizaban prodigios como Francisco de Paula, el Padre Pío rompía las leyes inviolables de la naturaleza. Aparecía en dos lugares al mismo tiempo para ayudar gente necesitada. Aconsejaba amigos por telepatía mental o por el olor a violetas -que siempre se asoció con su presencia. Leía el pensamiento de la gente y usaba ese poder especial para bromear con ellos. Dejó impresionada a mucha gente en el confesionario describiéndoles todos sus pecados detalladamente. Predijo eventos del futuro, inclusive su propia muerte. Curó a muchos de sordera, ceguera y otras enfermedades incurables. Durante cincuenta años llevó los estigmas de las heridas de Cristo en su cuerpo, que le hicieron sufrir más de la cuenta.

No debiera extrañarnos que Dios actúe de forma especialmente dramática para llamar nuestra atención cuando ve que perdemos de vista las realidades espirituales. Dios nos mandó al Padre Pío como una luz para asechar a las tinieblas de mitad del siglo veinte y ofrecerle esperanza a un mundo atormentado por la depresión y la guerra.

El Padre Pío nació en Pietrelcina, Campania (Italia), el 25 de mayo de 1887. Su nombre era Francisco Forgione pero, cuando recibió el hábito de Franciscano capuchino, tomó el nombre de “Fray Pío”, en honor a San Pío V, lo que sucedió el 10 de agosto de 1910. Poco tiempo después enfermó de fiebres y dolores muy fuertes, lo que obligó a sus superiores a enviarlo a Pietrelcina para que se recupere. Años más tarde, en 1916, Pío llega al Monasterio de San Giovanni Rotondo. El Padre Provincial, al ver que su salud había mejorado, le manda permanecer en ese convento, tras cuyas paredes recibió la gracia de los estigmas.

El Padre Pío fue un hombre preocupado por los más necesitados. El 9 de enero de 1940 convenció a sus grandes amigos espirituales de fundar un hospital para curar los “cuerpos y también las almas” de la gente necesitada de su región. El proyecto tomó algunos años, pero finalmente se inauguró el 5 de mayo de 1956 con el nombre de “Casa Alivio del Sufrimiento”.

El Padre Pío partió a la Casa del Padre un 23 de septiembre de 1968, después de horas de agonía repitiendo con voz débil “¡Jesús, María!”.

La compasión práctica y concreta del Padre Pio y su genio empresarial desafían a quienes lo consideran como un ser medieval y extraño. Su amor por el prójimo lo convierte en un ícono moderno del amor inagotable de Dios por los seres humanos y de su determinación para rescatarnos.

Durante la canonización de San Pío de Pietrelcina, el 16 de junio del 2002, San Juan Pablo II dijo de él: “Oración y caridad, esta es una síntesis sumamente concreta de la enseñanza del Padre Pío, que hoy vuelve a proponerse a todos”.

 

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