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Por Mons. Willy Pino Estévez.

Queridos sacerdotes, diáconos y vida religiosa: El próximo martes 2 de noviembre es el Día de los Fieles Difuntos. Como sabemos, hasta el día 6 de octubre han fallecido 7,742 cubanos por la COVID, y de mantenerse el ritmo de las estadísticas, para el 2 de noviembre serán cerca de 8 mil cubanos los que han muerto víctimas de la epidemia. Les propongo celebrar una de las tres misas que indica la Iglesia para ese día (ver el Misal 2021 que trae las oraciones y lecturas para cada una de las misas) por los que han muerto en esta epidemia. Será una buena oportunidad para invitar a sus familiares que han sufrido el no haberles podido dar un entierro como ellos se hubiesen merecido. En las otras misas se podrá rezar por otros difuntos. Pero, donde se pueda, ojalá que una de estas misas sea solamente para los fallecidos a causa de la COVID. Misa que habrá que anunciar con tiempo suficiente para ir haciendo la lista de los fallecidos, y que podría terminarse con un responso solemne y con cantos apropiados. Será un consuelo para sus familiares que agradecerán estas honras fúnebres.

PROPUESTA DE HOMILÍA POR NUESTROS SERES QUERIDOS DIFUNTOS

El hombre ha sido creado por Dios para la vida, no para la muerte. Los hombres queremos vivir, y por eso nos angustia saber que nuestras vidas están medidas por el tiempo. Hay un reloj en nuestras manos enseñándonos que nuestros minutos están contados, que un año de vida son muchas horas… pero horas; que nacemos, crecemos, envejecemos y... morimos. La pregunta que, entonces, nos hacemos todos: ¿para qué la muerte? ¿por qué hay que morir?
Ciertamente, las reacciones ante el tema de la muerte son muy variadas. No nos gusta hablar de ella. Por ejemplo, tenemos un cierto miedo a ir al médico para que no nos diga una verdad que no queremos escuchar… Tratamos de ocultar la muerte a nuestros familiares enfermos... y tratamos de engañarnos a nosotros mismos en nuestras enfermedades. Llegamos, incluso, a hacer chistes con la muerte, como si tratáramos de no hacerle frente al problema.  

También es verdad que los hombres de ciencia hacen enormes esfuerzos para vencer la muerte, los médicos se esfuerzan por prolongar la vida, buscar medicamentos nuevos, etc. Pero llega un momento en que esos mismos médicos dicen: “Se ha hecho todo lo que se podía hacer”... La muerte está constantemente cerca... pero también la ponemos lejos. Hacemos planes como si nunca hubiésemos de morir. Muchos cubanos han perdido, incluso, la costumbre de añadir el “Si Dios quiere...” a cualquier programa que piensan realizar en el futuro.
Un día entró Jesucristo, vencedor de la muerte, en la historia del hombre. Hablaba un lenguaje nuevo: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”... “A mí nadie me quita la vida, yo la entrego libremente”... “El que crea en mí, aunque muera, vivirá”... “Yo soy el pan de vida, el agua de vida, la luz de vida, la Resurrección y la Vida para siempre”... Jesucristo, Señor de la vida, resucitó a su primo Lázaro, les devolvió la vida al hijo único de una pobre viuda y a una niña de 12 años. El Señor de la vida aceptó morir para vencer a la muerte. Su resurrección venció la muerte y es también nuestra victoria. La muerte ya no tiene dominio sobre nosotros.

Escuchemos lo que dijeron al respecto algunos santos de la Iglesia: San Pablo: “Para mí morir es una ganancia”. San Ignacio de Antioquía: “Hay una agua viva que dice dentro de mí: ver al Padre”. Santa Teresa: “Yo quiero ver a Dios y para verlo es necesario morir”. Santa Teresita: “Yo no muero, entro en la vida”. San Francisco: “No vendrá a buscarme la hermana muerte, sino Dios”. San Juan nos habla de otro tipo de muerte en vida: “el que no ama, permanece en la muerte”.

Queridos familiares y amigos de los difuntos por quienes celebramos esta Misa: Su dolor no es pequeño. Pero sé también que, si grande es esta cruz que les ha llegado, más grande será su fe. Lloren todos, pero lloren con esperanza. Confíen en que nuestro buen Dios le habrá dicho a su ser querido difunto: “Ven, siervo bueno y fiel, entra al banquete de tu Señor”.
Queridos hijos. Con Jesucristo, la muerte ya no fue el punto final de la existencia del hombre, sino un punto y seguido, la puerta que hay que atravesar para entrar a la vida. La muerte será no un adiós, sino un hasta luego. Nosotros hoy estamos vivos, pero un día moriremos. Por eso nos vendría bien recordar lo que enseñó San Juan de la Cruz: “Al atardecer de tu vida, te examinarán de amor”. Y pedir con el salmo: “Enséñanos, Señor, a calcular nuestros años para que tengamos un corazón prudente”. San Agustín, hace más de 1,500 años reflexionó que cuando muere un ser querido, uno siente que ha muerto la mitad de su propio corazón, pero que también, de alguna manera, siente que ese ser querido continúa vivo en la otra mitad; y que, por esa razón, debemos seguir viviendo para que no muera del todo aquel que quisimos tanto. A todos yo les diría hoy unas palabras de San Ambrosio que ustedes deben poner en boca de sus seres queridos difuntos: “No lloren por mí, ustedes que me quisieron tanto; mi muerte no es muerte sino tránsito feliz. Ya descanso en el Señor. Han sido muy buenos conmigo; séanlo siempre para Dios y un día estaremos reunidos en el Cielo”. Que así sea.

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