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Por P. Alberto Reyes.

  La vida humana está llena de equilibrios fascinantes, empezando por la realidad físico-química del cuerpo, pasando por los delicados entresijos de la psiquis y terminado en ese otro mundo no menos complejo que   llamamos   espiritualidad.   Y   en   medio   de   todas  esas   ecuaciones   vitales,   hay   un   equilibrio   clave   que podríamos llamar la balanza entre la necesidad y la dependencia.
  ¿Qué significa esto?, que la realización de la vida no se reduce a la satisfacción de las necesidades que   equilibran   los   procesos   humanos,   sino   que   incluso   esas   necesidades   que   reclaman   ser  cubiertas,   no deberían robarse el protagonismo de nuestra existencia.

 

  Por ejemplo, tenemos necesidad de comida, de ropa, de vivienda, de respeto, de amistad…, pero eso  no significa que seamos incapaces de compartir el alimento que tenemos, ni que nos hagamos esclavos de la moda, ni que el deseo de una buena casa nos robe la felicidad, ni que nos volvamos hipersensibles ante un trato que no nos guste, ni que dependamos de los amigos.

  Del mismo modo, necesitamos reconocimiento. Nos gusta y nos hace bien ser valorados, nos anima el que se reconozca nuestra bondad, pero cuando somos capaces de no someter nuestra virtud a los aplausos, entonces entramos en el mundo mágico de la gratuidad, donde la generosidad y el deseo de hacer el bien empiezan a formar parte de nuestra identidad vital más profunda, y ya lo que importa, lo que nos centra, lo que nos mueve, es hacer el mayor bien posible, aunque ese bien se haga desde la sombra y “no sepa tu mano  izquierda lo que hace tu derecha”. Es entonces cuando se ofrece lo que se tiene, aunque sean “dos monedas”,  sin ostentación, sin ni siquiera llamar la atención.

  Es   la   entrada   en   el   mundo   de   la   libertad   para   el   bien,   en   el   cual   la   cotidianidad   se   puebla   de realidades  hermosas:   ofrezco,   me   ofrezco,   estoy,   permanezco,   existo  para   el   otro,   me   hago  disponible, realidad palpable para todo aquel a quien puedo ofrecer el bien que me habita.

  Y   al   mismo   tiempo,  ya  no   necesito  ser  el  centro,  ser  “tenido  en  cuenta”,  ni  aplaudido,   felicitado, mirado,   considerado,   elogiado....   No   es   volverse   indiferente   al   reconocimiento,   sino  aprender   a  no   ser   su esclavo.

  En el Evangelio de hoy, el gesto de la viuda se roba el protagonismo de la escena, pero antes de este hecho, Jesús ha advertido duramente a sus discípulos contra aquellos que “les encanta” llamar la atención y  ser reverenciados, aquellos que buscan los primeros puestos   y dan una imagen falsa de piedad con tal de sacar beneficios, aquellos que se han hecho esclavos de su propia imagen.

  Ser  gratuito,  hacer  el  bien  “porque  sí”,  ofrecerse  sin  cobros  sutiles,  es  no  solo  el  camino  de  la  madurez y de la libertad, es el camino del Evangelio.

Aplicación a nuestra vida.

       1.   A todos nos gusta ser reconocidos, por eso, aprender a hacer el bien discretamente, sin que nadie o casi   nadie    se  entere,  es   un  entrenamiento.      ¿Buscas    crecer   en   esta  actitud,   o  te  sientes todavía    muy dependiente de que la gente se entere del bien que haces o te lo reconozca?
       2.    Ofrecer y ofrecerse son cosas buenas pero diferentes. ¿Eres capaz de “ofrecerte”, es decir, donar tu persona (tu escucha, tu tiempo, tus habilidades …) a los que te rodean? ¿Cómo lo haces? Pon ejemplos concretos.
       3.    ¿En   qué   cosas   crees   que   tu   familia  necesita  en   estos   momentos   que  te   ofrezcas,   que   estés,  que permanezcas cercano, que ayudes … tal vez desde la sombra?

Para concluír:
En familia, pensemos juntos cómo hacer un bien a alguien o a otra familia sin que ellos se enteren de dónde les vino esa bendición, y elaboremos un plan para realizarlo esta semana.
 Después, tomados de la mano, recemos juntos un Padre Nuestro y un Ave María.
“Que nos bendiga Dios Todopoderoso, Padre, Hijo, y Espíritu Santo”. Amén.

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