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Por Carlos A. Peón Casas.

Noticias de “El Camagüeyano” del miércoles 14 de noviembre de 1951
A  casi siete décadas de distancia la ciudad camagüeyana pudiera parecer otra. Y algo de cierto puede haber en lo que eran aquellas sus coordenadas existenciales. Para el que desde su realidad vital pueda recordar aquel minuto, o para el que desde esta contemporaneidad, se asoma a estos detalles anecdóticos, hay en común: esa inefable sensación de recuperar asombros y no pocas nostalgias.
Uno de los anuncios puntuales de aquel minuto era la posibilidad de comprar un televisor. La llegada de aquella novedad, ya en plan comercial, luego de ser estrenado su servicio en Cuba, era un verdadero suceso, no precisamente al alcance de todos.

Un anuncio a media página así lo confirmaba. Bajo el sugerente título de “¿Piensa usted comprar un Televisor?”, la entonces emergente compañía “TELSER”, acrónimo de Television Service Co. Of Cuba, ponían a disposición del público el servicio de sus técnicos de televisión.
La susodicha empresa tenía su casa social en la Avenida de Los Mártires No. 385 en la barriada de La Vigía, pero igual ofrecían sus servicios en las principales casas distribuidoras de las principales marcas de entonces en la ciudad a saber: Zenith, Du Mout, Hoffman, Capehart y Westinghouse.
En otra sección de aquel periódico, bajo el título de “Tópicos” y con la firma del periodista Luis M. Viamontes, se aireaban algunos pormenores de la cotidianeidad en la ciudad, en ese minuto el excesivo precio del expendio, en las  carnicerías, de la carne de res de mejor calidad.
La nota del cronista tiene su simpatía, y la transcribimos al curioso lector, por aquello de lo que apunta el castizo refrán que en todo tiempo y en todas partes se cuecen y se cocerán habas…: “En el expendio de carnes no solamente despachan biftec de paleta, tajo y a veces hasta de robalo sino que el peso casi nunca es completo… Además aquí la alimentación del ganado de ceba para todos es igual, yerba del potrero, agua del río (que ya es bastante) del arroyito o laguna estancada (…) oímos la otra noche por que se pueda cobrar por un biftec un peso; bistec que puede ser del robalo (los carniceros saben lo que es eso) o de otra parte cualquiera, disfrazado de filete; alegando el propugnador de este infundio, la procedencia, la raza, la edad la alimentación, y por poco hasta la fe de bautismo.”
La situación que pintaba el cronista, aludía a su leal saber a un tema de desequilibrios entre salarios y precios, que buscaban paliarse en aquel minuto con una escala de “aumentos salariales”, pero igual se daban casos de:  “desequilibrio incomparable sin paralelos, donde se cobra  por una librita de malas papas 9 ó 10 centavos…, donde la libra de café con sus atavíos correspondientes  se vende, a pesar de ser un producto del patio, al precio de 85 centavos, la libra, cuando no es al menudeo que entonces sale en más de un peso” .
Aún así, la vida de la comarca seguía su curso, y de ello dan fe algunos de los anuncios del minuto con los que ilustramos al curioso lector de camino al cierre de estas rememoraciones, por aquello nunca mejor dicho y vivido que “cualquier tiempo pasado fue mejor”.
Un anuncio de Dulces Finos bajo el apelativo de “Lezpona” se anunciaba en Libertad 119, clara alusión a la avenida homónima en la barriada de La Caridad.
El Agua “Santa Isabel” recordaba a los potenciales clientes el teléfono de su negocio que entonces era de sólo cuatro dígitos: 2994.
Un aserradero de la época “El Legendario”, ubicado entonces en la intersección de las calles Martí y Sedano, anunciaba su producto líder el Plywood-Babum, “en todos los gruesos, y en placas de 4x8 pies, en clase A, especial para todos los trabajos de carpintería”.
Y hasta un negocio de “Propagandas”, que se anunciaba bajo el apelativo de “Egusquiza”, aludiendo quizás al apellido de indudable raigambre vasca de su propietario, ubicado en la calle Príncipe en el número 75, ofrecía los mejores servicios a la “Industria, Comercio y Políticos”, a la par que proveían “Amplificadores para todas las fiestas”, que por entonces y Deo gratia, no se hacían al ritmo del aplastante e intenso reggaetón.

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