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Jóvenesreunidos en la Casa Diocesana de la Merced

Por Merlis Pereira 

Después de dos años de pandemia regresó a Camagüey la Pascua Joven. Cuando comenzamos a soñarla desde el equipo de Pastoral Juvenil confieso que estaba un poco desanimada, pues luego de este tiempo, de tanta emigración, al ver un poco deprimida a nuestra Iglesia, a nuestras comunidades, no creía que viviría muy bien la experiencia. 

 

Sin embargo, a medida que escuchaba cada idea, cada propuesta que daban los jóvenes, era como una pequeña chispa que encendía. Mucho más intensa se fue volviendo cuando llegamos a Florida una semana antes y vimos el ánimo del grupo de jóvenes, de la compañía de teatro, las Siervas del Corazón de María y los animadores, dispuestos a dar de sí lo necesario para que esta Pascua marcara por todo lo alto el corazón de cada persona que llegara. 

Una vez más casi me gana el desánimo cuando, dos días antes de la fecha planificada, declararon duelo oficial debido al siniestro del Hotel Saratoga de la Habana. Mover fecha y lugar, implicaba una corredera enorme de última hora y un cambio considerable en el presupuesto. Pero nuevamente Dios me sorprendió, él que siempre “dispone todo para el bien de los que aman”. 

Por fin llegó el día esperado. Más de 100 jóvenes de la diócesis entraban al patio de la Casa Diocesana para vivir juntos la alegría de la Resurrección. “Levántate con Cristo, comparte tu tesoro” fue el lema que nos acompañó este año. ¡Y vaya que sentí ese “levántate”! El ver tantas caras nuevas significaba un renacer de la Pastoral Juvenil en Camagüey. El libro de los Hechos de los Apóstoles, capítulo 3, versículos del 1 al 11, era la mística detrás de todo lo que viviríamos a partir de las 9:00 de la mañana. 

La obra de la compañía de teatro y danza Soñadores, junto al tema del Padre Rolando, nos hicieron reflexionar sobre cuál es el verdadero tesoro. De ese evangelio me resonaba una y otra vez el fragmento “no tengo ni oro de plata, pero lo que tengo te lo doy. En el nombre de Jesús, levántate y camina”. En grupos más pequeños nos dividimos para compartir aquello que llevábamos dentro. Pensábamos en nuestra Iglesia Joven de hoy, ¿qué tenemos para ofrecer? Claramente ni oro de plata, pero sí algo más grande, más poderoso y que enamora: el nombre de Jesucristo.

Con la esperanza puesta en Él vivimos de manera especial un rato de oración frente a Jesús Sacramentado. Un tiempo para mirarlo y presentarle nuestras vidas, nuestras comunidades, nuestra Cuba y una oportunidad de que varios se acercaran al sacramento de la confesión. Con la Misa terminó la mañana de la Pascua.

La tarde fue un tiempo de Iglesia en salida. Con los visitadores de enfermos nos fuimos a misionar, a encontrar a Dios en el que sufre. Algunos de los presentes lo hacían por primera vez.

Entre baile, risas, tumbadoras, guayo, claves, batería, las palmas, cantos, la algarabía propia de los jóvenes, terminaba esta Pascua Joven. La alegría y la vida se notaban luego de encontrarnos con Cristo en la oración, la Misa, el compartir, la misión, en el otro, en cada rostro. Sin dudas, había sido un día diferente, uno de levantarse que invitaba a caminar y animar a otros. A pesar del apagón eléctrico, los corazones estuvieron encendidos todo el tiempo.

Imagen tomada de ACIPrensa

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