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Jesús no se anda con rodeos, ni con medias palabras. Su mensaje es directo y no admite interpretaciones: Sed misericordiosos como vuestro Padre celestial es misericordioso (Lc 6,36).

Jesús no nos obliga a seguir sus palabras. Nos las dice y espera respuesta. Respeta siempre nuestra libertad. No fuerza la puerta de nuestra vida ni de nuestra conciencia. Está a la puerta y llama… depende de nosotros si queremos abrirle y dejarle entrar (Ap 3,20).

Pero si queremos dejarle entrar, si queremos seguirle, ahí están sus palabras que son todo un programa de vida. Sed misericordiosos como vuestro Padre celestial es misericordioso.

Jesús no se limita a lanzarnos ese desafío: Jesús nos explica sus palabras, Jesús nos dice en qué consiste la misericordia del Padre, para que sepamos cómo debemos imitarle.

Entre las muchas veces que, en el Evangelio, Jesús nos señala cómo es el Padre misericordioso, hoy voy a comentar con ustedes la parábola del hijo pródigo, tal y como la relata Lucas en el capítulo 15, versículos 11 al 32 .

Conocemos bien la historia de ese padre y de lo que le pasa con sus hijos. Él los ama tiernamente, pero, por decirlo así, es un padre fracasado. No ha logrado contagiar su amor a los hijos. El pequeño se va de casa, después de decirle que no le interesa nada; que para él está como muerto; y que lo único que quiere es su dinero. El mayor tiene el corazón más duro que una piedra, y aunque ha estado eternamente al lado de su padre siempre ha estado lejos; no se ha dejado contagiar por su amor y más que un hijo es un extraño dentro de casa. Un padre fracasado que ni tan siquiera cuenta, en el relato evangélico, con el apoyo de una esposa o de otros hijos. Un padre que ama y que descubre que sus hijos no le pagan con la misma moneda.

Como conocemos muy bien la historia, no la voy a repetir aquí. Solo les diré que Jesús nos dice que hay que ser misericordiosos como ese padre fracasado lo es con sus hijos y que, a pesar de haber sido tan despreciado, no se rinde, no se conforma ni acepta ese fracaso. Hay que ser, nos dice Jesús, como ese padre que está todos los días esperando el regreso de su pequeñín (Dios es para nosotros, un papaíto, y nosotros somos para el Padre, sus hijitos), y que, cuando regresa, lo único que le importa es haberlo recuperado vivo. Y, olvidando toda su dignidad de padre y señor de la familia, se echa a correr para abrazar y besar a su hijo, como cualquier madre, como haría una mujer. Y, con sus besos, le impide hablar. Y le restablece, ante todos, su dignidad de hijo y de heredero. Gratuitamente. Sin que el hijo haya hecho nada por merecerlo. Solo porque es hijo. No podía ser de otra manera: porque ese padre es el Padre. Y así quiere Jesús que seamos los unos con los otros: como ese Padre fracasado que nunca tira la toalla; que siempre está en activa espera escudriñando todos los caminos para correr hacia el que regresa apenas lo vislumbra a lo lejos (antes de que lo perciban sus ojos, ya viejos, se lo adivinan los acelerados latidos de su corazón paternal).

Así quiere Jesús que seamos nosotros. Como ese Padre que no se conforma conque su hijo mayor se niegue a entrar en la fiesta. Y por eso, sale una y otra vez, y seguirá saliendo hasta el fin de los tiempos en nuestra búsqueda: porque nos quiere a todos dentro de su casa, en la fiesta, reconciliados los hermanos; porque solo así podremos, de verdad, llegar a ser lo que estamos llamados a ser: unos con el Padre; porque solo así el Padre podrá llegar a ser lo que está llamado a ser: uno con todos sus hijos, en el Amor; porque el Padre no se resigna a ser un fracasado, sabe que si Él lo es, lo seremos también sus hijos; y eso, el Amor no lo concibe, ni lo tolera y Dios es Amor.

Así es el Padre de Jesús, y así nos lo explica el Hijo. Y así nos dice que debemos ser.

¡Qué bien comprendió todo esto la madre del cantante argentino Facundo Cabral.

Un día los periodistas le preguntaron por su hijo. Está bien. En casa, respondió. ¿En casa? ¡Pero si ayer estaba actuando en Moscú? Sí, ya lo sé que está en Moscú, pero está en casa. ¡Allí donde está mi hijo, allí está mi casa!.

Francisco de Osuna, un místico franciscano español del siglo XVI, decía que el amor a Dios es más ensanchador que ocupador, que no nos llena el corazón de modo que no podamos amar más, sino que nos lo ensancha para seguir amando sin fin. Lo mismo sucedía con la madre del cantante: su amor por el hijo ensanchaba su casa hasta hacerla tan grande como el mundo: donde estaba su hijo, fuera donde fuera, allí estaba su casa.

Donde esté el hijo pródigo, allí estará la casa del Padre y el Padre buscándole; donde haya un hijo que se niegue a perdonar y a entrar en la gozosa fiesta de los reconciliados, allí estará la casa del Padre y el Padre tratando de salvar al hijo recalcitrante.

Y allí debemos estar nosotros. Y nuestra casa. Si queremos seguir a Jesús, si queremos vivir de acuerdo con sus palabras: Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso.

A ello nos invita la Iglesia en este Año Jubilar de la Misericordia convocado por el Papa Francisco que nos recuerda que Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre, y que estamos llamados a vivir de misericordia, porque a nosotros en primer lugar se nos ha aplicado misericordia.

Pronto tendremos en Camagüey una imagen en tamaño natural del Padre de la Misericordia. Pronto podremos, como el hijo pródigo, ser abrazados por Él. Pronto podremos escuchar, en el fondo de nuestros corazones, la voz del Padre, que nos dice: Tú, que has sido recibido con misericordia, sé misericordioso con los demás.



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