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Hace algún tiempo, en una conversación fraterna con un amigo sacerdote, me dijo: Tú eres, Ignacio, un sacerdote no ignaciano, sino eneciano, muy del ENEC porque para ti el ENEC fue muy importante. Me quedé pensando que era cierto, que mi experiencia del ENEC ciertamente había marcado mi vida como cristiano y como sacerdote.

El ENEC (Encuentro Nacional Eclesial Cubano) fue un momento de gracia intensa y una acción vivificante del Espíritu para la iglesia cubana. Celebrado en la Habana del 17 al 23 de febrero de 1986 y presidido por el cardenal Eduardo Pironio, presidente del Pontificio Consejo para los Laicos y enviado por el Papa Juan Pablo II a Cuba como su delegado, y con la presencia de todos los obispos cubanos y delegados, sacerdotes, religiosos y religiosas, así como un grupo numerosos de laicos de las diferentes diócesis del país. Nos acompañaron obispos y sacerdotes invitados de iglesias hermanas de América Latina.

La celebración del ENEC estuvo precedida por la REC (Reflexión Eclesial Cubana), que duró alrededor de cinco años y que puso en estado de reflexión acerca de los temas más importantes de nuestra iglesia y de la sociedad, a todas las comunidades cristianas grandes y pequeñas en nuestras diferentes diócesis. Una reflexión desde los más sencillos y pequeños, hasta los más comprometidos y de mayor participación eclesial, todos manifestaron qué tipo de iglesia queríamos ser. Sin la REC, el ENEC no hubiera dado todos los frutos que dio.

El ENEC ha sido calificado como el evento más laical y menos clerical de la iglesia cubana en su historia. Nos hizo comprender que una iglesia centrada en una pastoral únicamente de mantenimiento era una iglesia que languidecía y vivía entumecida y centrada sobre sí misma. La iglesia tenía que ser luz de las gentes y sal de la tierra.

El ENEC abrió caminos inéditos, compartió criterios, presentó confrontaciones fraternales y dibujó sueños: la iglesia y su labor evangelizadora, la iglesia y su presencia en la realidad social cubana, la iglesia y nuestra cultura, la iglesia y nuestra historia, etc.

Las diferentes comisiones creadas para el desarrollo del encuentro trabajaron arduamente para organizar cada detalle, cada aspecto y para que todo se desarrollara satisfactoriamente. Sería demasiado extenso hablar aquí del trabajo de las diversas comisiones que laboraron en los diferentes textos y documentos del ENEC.

Hay un valiosísimo Documento Final del ENEC que no ha perdido su vigencia y actualidad, aun después de transcurrido treinta años de su celebración, que se inició con el magnífico discurso pronunciado por Mons. Adolfo Rodríguez Herrera, entonces Presidente de la Conferencia Episcopal Cubana.

Este acontecimiento de gracia y bendición de Dios para la iglesia cubana nos presentó tres grandes líneas del ser y del quehacer de la iglesia: estamos llamados a ser una iglesia ORANTE, ENCARNADA Y MISIONERA, un reto inmenso en el que hoy estamos todavía enfrascados y que ha inspirado, de algún modo, los diferentes planes pastorales que se han emprendido en estos últimos años. La riqueza del ENEC para el hoy de nuestra iglesia no es una mina agotada y cerrada, es una fuerza siempre inspiradora y una mirada sobre la que constantemente debemos volver.

Dijo Mons. Adolfo en el discurso inaugural y cito: “Cuando en 1979 Mons. Azcárate, con ocasión de unas convivencias sacerdotales en El Cobre que trataron precisamente el tema de la esperanza, propuso el proyecto de una reflexión nacional, que él mismo calificó entoces de ´quijotada´, nadie pudo imaginarse en aquel momento que aquella ´quijotada´ iba a convertirse un dia en realidad; y que aquella titubeante idea iba a ser la chispa primera de una gran hoguera espiritual que envolvería a toda nuestra iglesia cubana, y de la que hoy nosotros aquí reunidos somos una prueba. Verdaderamente, lo que entonces fue solo una idea es ya desde este momento una realidad.

A treinta años de la celebracion del ENEC hemos recorrido un largo camino, en algunas ocasiones penoso, dificil y cuesta arriba, y en otras, gozoso, llenos de vitalidad, celebración y fuerza en el Espíritu que nos anima a seguir adelante.

Cito de nuevo las palabras finales de Mons. Adolfo: Tenemos una esperanza y queremos dar palabras de esperanza a los que las pidan, a los que las necesiten, a los que han fijado sus miras solo en lo terreno como límite a sus aspiraciones humanas y sienten que les falta algo. No tenemos ni la primera ni la última palabra de todo, pero creemos que existe una primera y una última palabra de todo y esperamos en Aquel que la tiene, el Señor. En Él miramos con serena confianza el futuro siempre incierto, porque sabemos que mañana antes que salga el sol habrá salido sobre Cuba y sobre el mundo entero la providencia de Dios.

En aquella conversación fraterna con mi amigo sacerdote, ya hace muchos años, le dije que sí que es cierto, soy eneciano porque todavía hoy, a treinta años del ENEC, sigo bebiendo de esa fuente inspiradora que nos lanzó al reto de ser una iglesia más ORANTE, ENCARNADA Y MISIONERA.

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