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 Por Neidys Hernández Avila


Queridos hijos e hijas, abuelos y nietos:
Estamos celebrando hoy la fiesta de dos grandes santos, un matrimonio santo: Joaquín y Ana. Como sabemos, ellos dos, según la Tradición de hace siglos, van a engendrar y a cuidar una niña que será llamada “llena de gracia” por el ángel Gabriel y por millones de cristianos cada vez que rezamos el Ave María. A ellos dos nos encomendamos, una vez más.
De su matrimonio conocemos poco, hay textos, no de la Biblia, que hablan de trataron durante veinte años de tener un hijo y la alegría por fin llegó con un aviso: Ana concebirá y dará a luz un hijo de la que se hablará en todo el mundo.


También hoy es el día de los abuelos. En otros idiomas se les llama a los abuelos “gran padre” y a la abuela “gran madre”. Los abuelos son esas personas, como dijo aquel Cardenal, que si no existieran, habría que inventarlos. Los abuelos, como sabemos, son la memoria de un pueblo y los ancianos son como árboles que siguen dando frutos, dijo el Papa Francisco.
El propio Papa Francisco afirmó que fue sobre todo su abuela, la mamá de su padre, quien “marcó el camino de mi fe. Era una mujer que nos explicaba, nos hablaba de Jesús, nos enseñaba el catecismo, nos llevaba a la procesión del Viernes Santo y cuando pasaba el Cristo yacente, nos hacía arrodillarnos y nos decía ‘Mires, está muerto, pero mañana resucita’. Las palabras que mi abuela me envió por escrito el día de mi ordenación sacerdotal, aún las llevo conmigo siempre en el breviario y las leo a menudo y me hace bien”.
San Pablo a su discípulo Timoteo, escribe lo siguiente: “Tengo presente la sinceridad de tu fe. Esa fe que tuvieron tu abuela Loida y tu madre Eunice”. Quisiera ahora leerles una anécdota que se les repartió en un papel.

Un hombre mayor llegó a una clínica para curarse una herida que se había hecho en la mano. Tenía bastante prisa. Mientras el médico lo atendía le preguntó sobre el motivo de su urgencia. Le aclaró que tenía que ir a una residencia de ancianos para desayunar con su mujer que vivía allí. Llevaba varios años en ese lugar y padecía de la enfermedad de Alzheimer. Mientras el doctor terminaba de vendar la herida, le preguntó si ella se alarmaría en caso de que él llegara tarde esa mañana. –No, respondió, ella ya no sabe quién soy yo. Hace años que no me reconoce. Entonces, el doctor le preguntó extrañado: -Y si ya no sabe quién es usted, ¿por qué esa necesidad de ir todas las mañanas y de llegar tan puntual? Le sonrió y, dándole una palmadita en la mano, le dijo: -Ella no sabe quién soy yo, pero yo todavía sé muy bien quién es ella. Esa es la clase de amor verdadero, de fidelidad hecha detalles. Y es que el verdadero amor no se reduce a lo físico o romántico, el verdadero amor es la aceptación de todo lo que el otro realmente es, de lo que ha sido, y de lo que ya nunca podrá ser. Y es así que el amor se convierte en fidelidad.


Queridos hijos, ustedes han hecho un triduo como preparación a esta fiesta. Ustedes escogieron a tres mujeres que aparecen en la Biblia para reflexionar sobre sus vidas cada día. Concretamente, a Ana, la madre de Samuel; a Ana, la profetisa que estaba en el templo y recibió a Jesús siendo un pequeño niño; y a Isabel, la prima de María. En la Iglesia, ustedes hubieran podido escoger a otras mujeres también grandes. Por ejemplo, aquella viuda que echó en la alcancía del templo las únicas dos moneditas que tenía y aquellos discípulos de Jesús estaban distraídos mirando la belleza del templo, los adornos, etc. Jesús les llamó la atención sobre esta viuda que echó todo lo que tenía porque era una viuda que pasaba necesidad, mientras que los otros daban de lo que les sobraba.
La Iglesia cubana y camagüeyana podría unir a esa lista de grandes mujeres como Ana, o como esta viuda sin nombre del Evangelio, y nosotros podíamos ponerle un nombre a cada día. Permítanme leerles algunos: Clara Téllez, Carlota, Flor de María Sarduy, María Itsel, Ana Gloria Herrera, Delia Mosquera, Manuela Bello, Florinda Domingo, Josefina Martínez, Nené Mosquera, Purita Díaz, Isabel Oliva, María del Carmen Santana, Rosalía, Ramona y Fausta Pérez, Margot Álvarez, Estrella Rodríguez, Francisca Rodríguez, Estela Infante, Dora Pérez, Asunción y Julia, Hipólita, Nena, Ana María Espinosa, María Luisa Rodríguez, Gloria Pérez, Gilda Izquierdo, Melba, Cachita Díaz, Hermanas Hipólita y Lola, Sor Celina, Teresa Montana, Beba Aguilar, Berta García, Yolanda Luarca, Soralita Rodríguez, Julia Vega, Lina Sarduy, Aida Marrero, Conchita Lezcano, Cita Barrios, Olga, Carmita y muchísimas más.
Debemos sentirnos orgullosos porque detrás de cada nombre de estos hay mucha historia. Aquí hay nombres que seguramente no conocen, pero aquí está le hemos dado la vuelta a toda la geografía de la Arquidiócesis. Aquí hay gente de Sibanicu, de Nuevitas, de Guáimaro, de Amancio, de la ciudad; mujeres “titanes de la fe”, como le gusta siempre recalcar a nuestro cardenal, Mons. Juan.
Hoy termina la jornada de la familia. Tenemos de ejemplo a la familia de Joaquín, Ana y María. También tenemos el ejemplo de José, María y Jesús. El domingo pasado fue la fiesta de otro matrimonio santo, el primer matrimonio que fue canonizado en una misma ceremonia, que fueron los padres de Santa Teresita del Niño Jesús. Él se llamó Luis y era relojero; ella se llamó Celia y tenía un taller de bordados. Los dos, curiosamente, antes de casarse habían pensado cada uno, él ser sacerdote y ella ser religiosa; pero el plan de Dios era otro.
Los dos se casaron cuando él tenía 35 años de edad y ella 27. Ella va a morir a los 46 años por lo que el matrimonio solo duró diecinueve años. Luis moriría a los 71 años de edad. Tuvieron nueve hijos, el último de los cuales fue nada menos que Santa Teresita del Niño Jesús, la patrona de las misiones. En su libro “Historia de un alma”, Santa Teresita habló sobre cómo había sido bendecida con unos padres “incomparables”, dice ella y cómo Dios le había dado una madre y un padre “más dignos del cielo que de la tierra” según su propia frase.
Las familias aquí presentes deben encomendarse a ellos, modelo de familia extraordinario. Es posible ser santo siendo un relojero, y es posible ser santa bordando pañales, y es posible ser santo sin haber ido a la escuela, hay que pedir a Dios el regalo de la santidad, como nos dice el Papa. Acuérdense de la frase del Papa Juan Pablo II: “Cuba, cuida a tus familias para que conserves sano tu corazón”.
Esto es muy importante y en estos momentos difíciles por los que Cuba está atravesando. Los otros días conversando con una monja, me decía que ellas también tienen que hacer cola, pero van a otro barrio porque en el que viven ya ha habido muchos insultos y broncas, hay gente que no se habla, y esto les da mucha pena. Nosotros como creyentes debemos ponerle nuestra sal a esta situación desabrida.
Todo esto que va apareciendo, esa nueva sección del noticiero buscando gente que estaba en ilegalidades que aunque lleve tiempo haciéndolo, ahora lo ponen en la televisión. Y gracias a Dios que ya no los esposan y los rostros no se ven porque se estaban violando una serie de principios, ya que estos no son culpables hasta que no se demuestre en un tribunal. Nosotros como cristianos debemos echarle sal.
De Santa Teresita del Niño Jesús hay una anécdota para que vean lo que puede pasar también en un convento de monjas. Se llama “El amor a los enemigos”:

Hay en la comunidad una hermana que tiene el don de desagradarme en todo. Sus modales, sus palabras, su carácter, me resultan sumamente desagradables. Sin embargo, es una santa religiosa, que deben de ser sumamente agradable a Dios. Entonces, para no ceder a la antipatía natural que experimentaba, me dije a mí misma que la caridad no debía consistir en simples sentimientos, sino en obras, y me dediqué a portarme con esa hermana como lo hubiera hecho con la persona a quien más quiero. Cada vez que la encontraba, pedía a Dios por ella, ofreciéndoles a todas sus virtudes y sus méritos. Sabía muy bien que esto le gustaría a Jesús, pues no hay artista a quien no le guste recibir alabanzas por sus obras. Y a Jesús, el Artista de las almas, tiene que gustarle enormemente que no nos detengamos en lo exterior, sino que penetremos en el santuario íntimo que él se ha escogido como morada y admiremos su belleza. No me conformaba con rezar mucho por esa hermana que era mi motivo de tanta lucha. Trataba de presentarle todos los servicios que podía; y cuando tenía la tentación de contestarle de manera desagradable, me limitaba a dirigirle la más encantadora de mis sonrisas y procuraba cambiar de conversación. Con frecuencia también… como tenía que mantener relaciones con esta hermana a causa del oficio, cuando mis combates interiores eran demasiado fuertes, huía como un desertor. Como ella ignoraba por completo lo que yo sentía hacia su persona, nunca sospechó los motivos de mi conducta, y vive convencida de que su carácter me resultaba agradable. Un día, en la recreación, me dijo con aire muy satisfecho más o menos estas palabras: “¿Querría decirme, hermana Teresa del Niño Jesús, qué es lo que la atrae tanto en mí? Siempre que me mira, la veo sonreír”. ¡Ay!, lo que me atraía era Jesús, escondido en el fondo de su alma… Jesús, que hace dulce hasta lo más amargo…

Esto sirva para todas las familias, para la comunidad, para el clero, los vecinos de una cuadra…
Queridos hijos e hijas, me hubiera encantado comentarles la primera lectura donde Dios le dice a Salomón: pídeme lo que quieras que te lo voy a conceder. ¿Ustedes se imaginan que Dios les diga esto ahora mismo a cada uno? ¿Qué le pedirían? ¿Una caja de pollo? Salomón le pidió sabiduría para gobernar Tu pueblo. Y dice la lectura que Dios le dice a Salomón que por no haberle pedido riquezas, la caja de pollo; larga vida, la salud del cuerpo; la vida de los enemigo, no querer “piedras en el camino”; por no haberle pedido ninguna de estas tres cosas, te voy a dar la sabiduría.
Me gustaría haber hablado del Evangelio, tres parábolas de Jesús: el tesoro que encuentra un hombre en un campo y vende todo lo que tiene para comprar ese campo; el comerciante que se encuentra una perla y vende todo lo que tiene para comprarla; y la red que se tira en el mar y recoge todo tipo de peces, los pescadores la traen a la orilla y escogen a los buenos de los malos. Todo es comparando el reino de Dios.
Dejo para el final la última enseñanza. Es una anécdota de dos hermanos que se pelearon.

No hace mucho tiempo, dos hermanos que vivían en granjas adyacentes cayeron en un conflicto. Este fue el primer conflicto serio que tenían en cuarenta años de cultivar juntos hombro a hombro, compartiendo maquinaria e intercambiando cosechas y bienes permanentemente. Esta larga y beneficiosa colaboración terminó repentinamente. Comenzó con un pequeño malentendido y fue creciendo hasta llegar a ser una diferencia mayor entre ellos, que explotó en un intercambio de palabras amargas seguido de semanas de silencio. Una mañana alguien llamó a la puerta de Luis. Al abrir la puerta, se encontró a un hombre con herramientas de carpintero. “Estoy buscando trabajo por unos días”, dijo el extraño, “quizás usted requiera algunas pequeñas reparaciones aquí en su granja y yo pueda ser de ayuda en eso”. “Si, dijo el mayor de los hermanos, tengo un trabajo para usted. Mire al otro lado del arroyo, aquella granja, ahí vive mi vecino, bueno, de hecho es mi hermano menor. La semana pasada había una hermosa pradera entre nosotros y él tomó su buldócer y desvió el cauce del arroyo para que quedara entre nosotros. Bueno, él pudo haber hecho esto para enfurecerme, pero le voy a hacer una mejor. ¿Ve usted aquella pila de desechos de madera junto al granero? Quiero que construya una cerca, de dos metros de alto, no quiero verlo nunca más”. El carpintero le dijo: “Creo que comprendo la situación. Muéstreme dónde están los clavos y la pala para hacer los hoyos de los postes y le entregaré un trabajo que lo dejará satisfecho”. El hermano mayor le ayudó al carpintero a reunir todos los materiales y dejó la granja por el resto del día para ir por provisiones al pueblo. El carpintero trabajó duro todo el día midiendo, cortando, clavando. Cerca del ocaso, cuando el granjero regresó, el carpintero justo había terminado su trabajo. El granjero quedó con los ojos completamente abiertos, su quijada cayó. ¡No había ninguna cerca de dos metros! En su lugar había un puente. ¡Un puente que unía las dos granjas a través del arroyo! Era una fina pieza de arte, con todo y pasamanos. En este momento su vecino, el hermano menor, vino desde su granja y abrazando a su hermano le dijo: “Eres un gran tipo, mira que construir este hermoso puente después de lo que he hecho y dicho!” Estaban en su reconciliación los dos hermanos cuando vieron que el carpintero tomaba sus herramientas. “No, espera”, le dijo el hermano mayor al carpintero, “Quédate unos cuantos días. Tengo muchos proyectos para ti”. “Me gustaría quedarme, dijo el carpintero, pero tengo otros muchos puentes que construir”.

Cuba está viviendo circunstancias difíciles, el futuro no sabemos cómo será y nosotros tenemos que construir puentes. Ojalá que en nuestro barrio tendamos puentes entre los vecinos que no se llevan, seamos constructores de puentes y sembradores de paz. Que así sea.

Comentarios   

Coco
0 #2 HomilíaCoco 29-07-2020 16:56
Sabias palabras!
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Neidys
0 #1 HomiliaNeidys 28-07-2020 22:49
Gracias Mons. Willy por sus palabras, siempre nos hace pensar y ponernos nuevas metas
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