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Por Neidys Hernández Avila

No es un secreto que la escases de recursos materiales afecta hoy en día en todas las casas en la Isla de Cuba. La crisis económica, que ya existía antes que la pandemia del Covid-19 empezara a golpear al pueblo cubano, ha sido más dura últimamente en casi todos nuestros hogares, y más aún en los ancianos solos y grupos sociales más vulnerables.

 

Ante los problemas materiales, terrenales, que nos agobian día a día desde hace décadas, solo la caridad fraterna y la esperanza en Dios es capaz de sostenernos. En el pasaje de la viuda que deja en la ofrenda del templo todo lo que tenía (Mc. 12, 41-44) vemos un ejemplo de caridad. Cuántas veces hemos tenido muy poco o casi nada y lo hemos compartido con los que tienen menos. Cuando esto sucede Dios se encarga de devolvernos mucho más de lo que damos, pues encontramos personas que nos ayudan desinteresadamente. Ejemplo de esto tenemos todos en nuestra vida cotidiana.

Sin embargo, cuando nos encerramos y no compartimos lo que tenemos, pensando que así tenemos para más tarde; es cuando nos quedamos sin nada más y tampoco viene alguien en nuestra ayuda. El libro de los Proverbios lo dice bien claro: “Yahvé no quiere que el justo padezca hambre, pero deja a los malvados insatisfechos. La mano perezosa atrae la pobreza; la mano diligente se enriquece” (Pro. 10, 3-4);“el que es generoso se hace bien así mismo, el que es duro hiere su propia carne” (Pro. 11, 17) y“el hombre compasivo será bendito: supo compartir su pan con el pobre” (Pro. 22, 9).

Muchos han sido los mensajes, llamadas y visitas que algunos hemos recibido, de personas que buscan un medicamento, un alimento o una gestión; todos necesitados de ayuda. La iglesia, a través de sus instituciones brinda ayuda a todos los que se acercan con cualquier necesidad, ya sea material o espiritual.

La satisfacción en el corazón crece cuando llevamos una estampita, una oración, o simplemente la hojita de Vida Cristiana dominical después que la leemos, a un enfermo, a un anciano, a un necesitado. La mayoría de las veces no es preciso tener o compartir cosas materiales. Escuchando las dolencias y problemas de los demás, orando con ellos y llevando consuelo espiritual, ya estamos llevando un pedacito del Cielo a los más necesitados.

Veamos en las personas que nos rodean al prójimo (al próximo) y compartamos con ellos lo poco que tenemos. No seamos como aquel eslogan de hace unos años que se leía en las javitas de nylon: lo mío primero. ¡No! primero el hermano, primero el necesitado, el pobre, el enfermo, el prójimo. Los invito a compartir lo poco que tenemos, solo así estamos llevando Esperanzay dando testimonio en nuestra Isla del Dios vivo, con el que un día queremos estar gozando de su Gloria.

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