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Por Neidys Hernández Avila

Los cubanos somos alegres, nos gusta sacar chistes de los problemas y nos reímos de las desgracias. Quizás por eso no le hacemos caso o ignoramos muchas veces los dolores, angustias y problemas; preferimos pasarlos de largo y no profundizar en ellos.

La devoción a la Virgen de los Dolores, la “Dolorosa”, no es muy difundida. Pero ¡cuánto dolor y sufrimiento sentiría la Virgen al ver a su Hijo injustamente humillado y clavado en la cruz!

La Iglesia conmemora a Nuestra Señora de los Dolores un día después de la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Esta devoción viene desde muy antiguo y fue en 1814 que el Papa Pío VII estableció esta celebración para
el 15 de septiembre.

En una ocasión la Virgen María le comunicó a Santa Brígida de Suecia (1303-1373) lo siguiente: “miro a todos los que viven en el mundo para ver si hay quien se compadezca de Mí y medite mi dolor, más hallo poquísimos
que piensen en mi tribulación y padecimientos. Por eso tú, hija mía, no te olvides de Mí que soy olvidada y menospreciada por muchos. Mira mi dolor e imítame en lo que pudieres. Considera mis angustias y mis lágrimas y duélete de que sean tan pocos los amigos de Dios”.

La Madre de Dios prometió que concedería siete gracias a aquellas almas que la honren y acompañen diariamente, rezando siete Ave Marías mientras meditan en sus lágrimas y dolores.

Tampoco podemos olvidar que después de la Cruz viene la Resurrección; por lo tanto, Dios, en su infinito amor por nosotros; de cada cruz o problema, situación de angustia, desesperación, enfermedad; saca después la Gloria, la Resurrección, la transformación en lo bello, lo bueno, lo positivo. Hay un antiguo refrán que dice: siempre que llueve, escampa. Pues después del dolor, la Virgen tendrá la alegría de ver a su Hijo Resucitado, de recibir al Espíritu Santo y de ser coronada como Reina y Señora de toda la creación.

En nuestra Arquidiócesis tenemos la iglesia de La Soledad, templo dedicado a la Virgen de los Dolores. Allí queda la imagen dolorosa guardada el Viernes Santo al terminar la procesión del Salto Entierro y sale el Domingo de Gloria la Virgen de la Alegría al encuentro con su Hijo Resucitado.

Meditar en los dolores de la Virgen es acompañar a las madres cuyos hijos sufren una enfermedad irreversible, a las que tienen hijos presos o cautivos de algún vicio, los que no conocen a Dios, los hijos alejados de las madres por diversas causas, en fin, es acompañar en el dolor cualquier tipo de sufrimiento humano, teniendo la seguridad que después tendremos la Resurrección, la Gloria y la Vida Eterna.

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