Valoración del Usuario: 0 / 5

estrella inactivaestrella inactivaestrella inactivaestrella inactivaestrella inactiva
 

COMENTARIO A LAS LECTURAS
DEL IV DOMINGO DE CUARESMA
6 marzo 2016
Josué 5,10-12; 2 Corintios 5,17-21; Lucas 15, 11-32

En Cuaresma, los cristianos vamos acompañando a Jesús, que sube a Jerusalén para morir y resucitar por nosotros. Semana tras semana escuchamos cómo nos explica las Escrituras, nos da a conocer cómo es el Padre y nos enseña qué supone ser sus discípulos.
 La Palabra de Dios en este IV Domingo de Cuaresma es muy rica en enseñanzas, pero si hubiera que resumirlas en una sola idea, ésta sería la siguiente: el amor misericordioso de Dios nos invita a la novedad, a  nacer a una nueva vida, diferente y mejor.  

Lo recuerda la primera lectura, tomada del Libro de Josué: el amor de Dios por su pueblo lo libró del oprobio de los egipcios; lo alimentó durante años en su camino por el desierto con un pan bajado del cielo, mientras se purificaba y preparaba para entrar en la Tierra Prometida. Al llegar a ella, maduro ya como pueblo y capaz de tomar posesión de la Tierra, le enfrenta a la nueva realidad de tener que ser el mismo pueblo quien cultive la tierra y se asegure su propia alimentación. ¡Una nueva etapa se abría ante el pueblo en la que no faltaría la presencia de Dios, pero en la que sería el pueblo quien tuviera que asumir responsabilidades y tomar decisiones!

“¡Gustad y ved qué bueno es el Señor!”, podía cantar Israel, porque nos ha sacado de la esclavitud y nos ha hecho sus hijos, libres y responsables!

San Pablo, en su carta a los Corintios nos habla también de novedad: de la vida nueva que nos trae Cristo. Dios envía a su Hijo al mundo para hacer nuevas todas las cosas, y  para que los hombres nos reconciliemos con Él. Dios nos cambia, y de pecadores que éramos, nos hace criaturas nuevas, capaces de colaborar con Él para que la reconciliación que trae Cristo al mundo se extienda a todos los hombres, a todas las mujeres,  a todas las situaciones de pecado e injusticia. 

En este contexto de amor y de invitación a ser criaturas nuevas, la Iglesia nos propone, como relato evangélico, la parábola  del Padre Misericordioso que tenía dos hijos. 
Nosotros conocemos bien la historia y, aún así, nos sigue conmoviendo. Pero tratemos de imaginar, por un momento, cómo la escucharían aquellos que la oyeron por primera vez de la boca de Jesús. 
Lucas dice que en el público había publicanos y  pecadores, por un lado; y, por otro, fariseos y  escribas. Es decir, Jesús pronuncia sus palabras en un ambiente cargado de tensión: juntos estaban los excluidos y marginados, y aquellos que, en nombre de la Ley, los excluían. ¿Cómo resonarían las palabras de Jesús en los oídos de unos y de otros?  ¡Seguro que de modo diferente!
Sin duda,  la primera reacción de todos sería la misma: sorpresa e incredulidad. ¡Lo que contaba Jesús era imposible! ¡Era totalmente nuevo! ¿De dónde se había sacado Jesús esa imagen de un Dios que, lejos de ser un juez frío y justiciero, es un Padre que se comporta como una Madre, que corre hacia su hijo, lo abraza y besa en público, y sin pedirle  nada a cambio, le perdona, le devuelve su dignidad de hijo, y organiza para él la mejor fiesta posible? ¿Cómo puede abrazar y perdonar a  quien no se había ganado ese perdón por medio de grandes sacrificios, penitencias  y actos de arrepentimiento?
Un Dios que ama, acoge, abraza y  perdona gratuitamente…sin preguntar nada, sin exigir a cambio ni grandes penitencias ni tremendos sacrificios…  ¿qué clase de Dios es ése?
Sin duda que en el corazón de  los publicanos y los pecadores  una luz se encendió al escuchar aquellas palabras que les devolvían la vida;  y un calor ardiente se instaló en sus pechos: ¡había esperanza para ellos! ¡Lejos de ser los malditos de Dios, los expulsados por ser indignos de estar en su casa, resulta que Dios mismo los echa de menos y todos los días mira al horizonte para ver si esos hijos regresan y, tan pronto los ve, echar a correr hacia ellos! ¡Hay un Dios que es su Padre y que está deseando, con amor maternal,  abrazarlos y vestirlos con el mejor  traje, y organizar para ellos una fiesta! Jesús, a esos hombres y mujeres, marginados y excluidos, les  estaba dando una nueva oportunidad: ¡no estaban muertos ni condenados al olvido, sino llamados  a la vida,  a la fiesta,  a la alegría y al abrazo! ¡El Reino era también para ellos!
Con idéntica sorpresa escucharían las palabras de Jesús los fariseos y escribas. Pero también con tremendo escándalo: ¿Por qué ese hombre, con fama de profeta y de hacedor de signos, blasfemaba? ¿Cómo se atrevía a decir que los pecadores,  los que no guardan estricta y escrupulosamente todas y cada una de las disposiciones de la Ley, pueden aspirar a ser bendecidos y recibidos por Dios, e invitados a la fiesta destinada a los puros, a los cumplidores,  es decir, a los hijos que se portan bien? ¿Es que da lo mismo ser cumplir la Ley o pecar? ¿Qué falso Dios estaba predicando Jesús, se preguntarían esos celosos -y tal vez con un cierto fondo de honestidad- guardianes de la Ley?
Esa misma pregunta es la que se hacía el hijo mayor, el que nunca había faltado a su padre y siempre lo había servido…sin, tal vez,  haberlo amado nunca. Seguro que ese hijo llevaba muy bien las cuentas: “He hecho  esto por mi padre, y esto otro, y también esto… luego tengo derecho a esto y a aquello y a lo de más allá”. “He hecho…tengo derecho”. Pero; ¿y el amor? ¿Dónde estaba el amor y la humildad en medio de aquellas  matemáticas?
Al hijo mayor, como a los escribas y fariseos,  no le salen las cuentas. ¡Dónde debería haber condena y castigo, hay abrazo, perdón y fiesta!
¡No les salen las cuentas porque se cierran a comprender que con Jesús, las cosas van a ser nuevas y van a funcionar de otra manera! No les salen las cuentas porque piensan que el Dios de Jesús…no es un Dios como Dios manda!
No comprenden que algo nuevo ha comenzado: que, en adelante, no va a ser la Ley sino el Amor quien dirija las actuaciones de Padre. No va a ser el sufrimiento expiatorio lo que va a perdonar al pecador, sino la añoranza de la casa del Padre, el sencillo deseo de ponerse en camino -¡basta con eso!- hacia el Padre. “¡Sí, me levantaré…volveré junto a  mi Padre!”.
El Padre no nos quiere humillados; nos quiere humildes. Es decir, reconocedores de que nosotros solo no podemos; reconocedores de que no “tenemos derechos” y de que lo necesitamos; de que necesitamos su abrazo, su acogida, su perdón, su amor.
¡Basta con eso para que el Padre organice la mejor fiesta! ¡Y nos acoja! Y apueste por nosotros para que, contagiados de su amor, decidamos libremente, como criaturas renovadas, no volver a irnos de la casa del Padre. Y, ¡ojalá no nos vayamos nunca de esa casa, aunque, si lo hiciéramos…el Padre se aplicaría también a sí mismo aquello de “setenta veces siete”, y tendría siempre dispuesto un nuevo ternero cebado!
¡Ese es el nuevo, inimaginable, sorprendente rostro de Dios, que Jesús nos presenta en esta parábola!
Un Dios que nos trata así, que recoge nuestras infidelidades adolescentes  y nos lleva a la responsabilidad  y a la madurez; que  nos reconcilia con Él y  nos invita a lograr que esa reconciliación alcance a todos. Y aunque es cierto que ese mensaje es, en primer lugar, para los publicanos y pecadores… ¡también alcanza a fariseos, escribas e hijos mayores!¡A todos!

Con cuánta verdad dice el Salmo responsorial:
 
“¡GUSTAD Y VED QUÉ BUENO ES EL SEÑOR!”. 

CADA MAÑANA

Cada mañana sales al balcón
y oteas el horizonte
por ver si vuelvo.

Cada mañana bajas saltando las escaleras
y echas a correr por el campo
cuando me adivinas a lo lejos.

Cada mañana me cortas la palabra
te abalanzas sobre mí
y me rodeas con un abrazo redondo
el cuerpo entero.

Cada mañana contratas la banda de músicos
y organizas una fiesta por mí
por el ancho mundo.

Cada mañana me dices al oído
con voz de primavera:
“Hoy puedes empezar de cero”.

Francisco Loidi

Escribir un comentario

Comente aquí


Código de seguridad
Refescar