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Mateo 26, 14-25
El evangelio de hoy nos sitúa en el umbral de la pasión. Ya ha entrado con sus discípulos en Jerusalén y han celebrado la cena pascual;  Jesús siente el dolor y la traición de uno de los suyos. El desgarro de la deslealtad del amigo le lleva a decir con dureza que más le valdría no haber nacido, pero en sus entrañas siente compasión por Judas que no ha entendido el proyecto de Dios.

Para nosotros  es fácil  mirar a Judas con desprecio como culpable, como traidor. Pero si lo contemplamos despacio podemos ver  alguna semejanza  con Pedro y  con cada uno de nosotros.
Judas es amigo, seguidor y discípulo de Jesús que, en un momento determinado, niega al maestro; pero a diferencia de Pedro, cuando se da cuenta de lo que ha hecho,  queda aplastado por el peso de la culpa, sin abrirse a la misericordia; es incapaz de comprender la mirada de Dios revelada en Jesús.
La mirada de Dios sobre el ser humano  es la mirada de quien, hasta en la hora última, será capaz de ofrecer perdón, porque es consciente de que a menudo el que hace el mal no sabe lo que hace. La mirada de Dios es mucho más benévola con nosotros que nosotros mismos, quizá porque conoce  de lo que estamos hechos y sabe de nuestros anhelos y temores. Sólo esa mirada capaz de abrazar lo frágil, lo imperfecto, lo equivocado, salva.  Es la lección que Judas no llegó a aprender.
Pidamos al Señor que nos ayude a aceptar nuestra propia historia, afrontar lo que hay de arrepentimiento y dolor,  y acoger el perdón que nos regala. Que nos haga fieles a su Palabra, a su Proyecto, a su Buena Noticia.

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