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Con motivo del aniversario veintitrés de la visita de San Juan Pablo II a Camagüey, les compartimos las palabras del Siervo de Dios Monseñor Adolfo Rodríguez Herrera, primer Arzobispo de Camagüey, en la bienvenida al Santo Padre en la Plaza Ignacio Agramonte el 23 de enero de 1998.

Muy querido Santo Padre:

No tenemos en nuestro vocabulario otra palabra que podamos pronunciar con más justicia, con más verdad, y con más gusto, que esta palabra de pocas letras, de fácilpronunciación y de difícil sustitución que es la palabra ¡gracias! ¡Gracias, Santo Padre, en nombre de todos!

 

Tengo el honor de recoger el sentido agradecido de todos los camagüeyanos, de los que están aquí y de los que no están, pero están en nuestro recuerdo y en nuestro corazón; de los que no han podido venir por las distancias, de los enfermos que, enesta mañana alegre, han tenido un triste despertar; de los que están impedidos por su condición de presos o de trabajadores en industrias de producción continua… y en nombre de todos decirle: ¡Bienvenido a esta tierra que es la tierra buena del Evangelio donde basta tirar la semilla para verla crecer y florecer!

Los cubanos repetimos muchas veces esta frase popular: “las puertas de mi casa están siempre abiertas para ti”, y así le decimos a usted en esta espléndida mañana: las puertas de las casas de nuestros hogares, de nuestros corazones, están siempre abiertas para usted en esta entrañable isla, pequeña y a la vez grande, lejanay a la vez cercana, pobre y a la vez inmensamente rica. Su riqueza, su grandeza, están en su gloriosa historia, en su sol, en sus mares, su palma real, su cielo azul; están en la fertilidad de su tierra, pero están sobre todo en la nobleza de sus hijos, los cubanos, marcados por una cultura del corazón que ha generado un cubano amistoso, afable, abierto, definido con frecuencia por los que visitan el país con este elogio que no merecemos del todo pero que nos gusta oírlo: “el cubano es buena gente”. Este noble pueblo merece esta visita y nunca va a olvidar, en la memoria de la cabeza ni en la memoria del corazón, la estela que deja esta histórica visita, la inspiración que deja su persona y su misión, el ejemplo de su vida tan marcada por la cruz pero iluminada por la fe, el gesto de venir hasta aquí, desde tan lejos, recorriendo fatigosamente tantas millas, en condiciones no mejores para usted. El amor hace grandes cosas o no es amor, y solo el amor, y un amor muy grande, ha obrado esta maravilla que nunca terminaremos de agradecerle.

Esta visita es muy significativa para nosotros en este año del centenario de nuestras guerras de independencia porque necesitamos clarificar cada vez másplenamente nuestra identidad nacional volviendo a nuestras raíces. Y su visita coincide con las puertas ya del tercer milenio en el que queremos recorrer de la mano de Cristo nuevos caminos en un nuevo siglo cargado de esperanzas, dando una respuesta de fe a los nuevos retos pastorales de la Iglesia del año 2000, caminando siempre por los caminos de la paz, del amor y de la concordia junto a este pueblo que tiene más miedo a la división que a la diversidad, a la discordia que a la concordia.

Santo Padre, le presento con sano orgullo a este pueblo contento y agradecido. Aquí están nuestros sacerdotes, diáconos, religiosas y seminaristas; aquí están nuestras autoridades civiles, los pastores de otras confesiones cristianas; aquí hay no creyentes a quienes consideramos hermanos y amigos; aquí están jóvenes de otras diócesis de Cuba y de otros países. Y aquí están nuestros laicos que, en sus horas no laborables o escolares, sacando tiempo no se sabe de dónde, han visitado a pie decenas de millares de familias, de casa en casa, de puerta en puerta, en toda la diócesis, anunciando a Jesucristo e invitando a esta eucaristía sin que apenas ninguna casa haya cerrado sus puertas al mensaje que llevaban. En Cuba hemos tenido varias etapas de evangelización: una primera, que realizaron religiosos de España; una segunda, que realizaron ministros de otras confesiones cristianas, procedentes entonces preferentemente de los Estados Unidos. Ahora han sido los laicos cubanos los que han evangelizado a los cubanos, y eso lo debemos a la expectante espera de su visita.

¡Bendíganos, Santo Padre, con una bendición grande que abrace y estreche a todos los cubanos en un mismo abrazo de fraternidad, de reconciliación y de paz, hoy y siempre!

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