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Mateo 13, 1-9
Cuando me preparaba para compartir la reflexión propuesta para este día sobre el sembrador y la semilla. Inmediatamente llegaron a mi memoria varios momentos en los que en mi vida de consagrada me ha tocado sembrar en diferentes instancias. Sobre todo pensaba en el trabajo pastoral que me ha tocado llevar a cabo en Cuba, tanto en la Habana como en esta diócesis de Camagüey, en donde diariamente hay que sembrar. No niego que en tantísimas ocasiones en esta tarea de sembrar en muchas ocasiones se avecina el desaliento y desánimo, sin embargo, en estas frustraciones experimentadas he descubierto que en esta tarea de sembrar, el Señor no quiere forzudos, sino hombres y mujeres que a pesar de experimentar la debilidad se saben confiados en el maestro. Dios es quien tiene la última palabra y quien toca los corazones.


Mateo nos narra la Parábola del sembrador. Como sabemos a Jesús le encantaba enseñar utilizando parábolas. Jesús nos explica la parábola y hace una relación entre las condiciones del lugar donde cayó la semilla y la palabra de Dios relacionada al Reino. Nos dice que aquella que cae en el camino es como aquella Palabra de Dios que es escuchada por la gente, no la entienden, viene lo malo y se la arrebata. Nosotros como agricultores del Reino de Dios, tenemos que estar vigilantes, tenemos que cuidar, tenemos que dar seguimiento a las nuevas vidas que escuchan de Dios; a las nuevas vidas que escuchan las Buenas Nuevas del Evangelio. Tenemos que ser consistentes en el mensaje de que Dios nos ama tal cual somos y vivirlo para que quienes nos vean aprendan por nuestros actos, por nuestras palabras, por nuestras vidas y así habrá frutos.
Jesús nos habla de aquellos que escuchan la palabra, la gozan temporeramente y luego se olvidan. Lo mismo nos sucede a nosotros. Hay personas que se gozan, se entusiasman en la palabra del Reino de Dios. Se entusiasman con lo que sucede en la Iglesia, con las actividades que se realizan, con el compartir, con la gente... pero en algún momento del camino se dan cuenta de que no ha germinado fruto ¿por qué? Porque se equivocaron de propósito. Jesús habla también de los que escuchan la palabra pero las preocupaciones o las cosas de la cotidianidad tienen más peso y no hay fruto. Tenemos que tener nuestras prioridades claras. Cristo debe ser nuestra prioridad número uno, por encima del trabajo, por encima de la pareja, por encima de la familia, por encima de los amigos, por encima del dinero.
Es tiempo de sembrar. Y el tiempo de sembrar no es tiempo de paños tibios. No es tiempo de dudas. No es tiempo de mirar hacia atrás. No es tiempo de comparar. El tiempo de sembrar no es tiempo de pasividad ni de vagancia. El tiempo de sembrar no es tiempo para el miedo ni timidez.  El tiempo de sembrar no es tiempo de peros. El tiempo desembrar no es tiempo de criticar. El tiempo de sembrar no es tiempo de prisas, no es tiempo de desesperos e impaciencias. Hermano y hermana, el tiempo de sembrar es tener nuestras metas claras. El tiempo de sembrar es tiempo de establecer nuestra visión y propósitos y llevarlos a cumplimiento con la inspiración del Espíritu Santo. El tiempo de sembrar es estar claros de las consecuencias.  El tiempo de sembrar es estar conscientes de los recursos existentes y detectar el mejor tiempo para comenzar el camino hacia la meta. El tiempo de sembrar es acción. El Tiempo de sembrar es pensar, considerar y reflexionar. El tiempo de sembrar es estar conscientes, conscientes de nosotros mismos, de que es lo que sabemos y conocemos, conscientes de lo que podemos imaginar, conscientes de lo que podemos hacer, conscientes de lo que está pasando en el mundo, conscientes de la gente que hay en el mundo. El tiempo de sembrar es dar el primer paso de que nuestros sueños se hagan realidad.

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