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Mateo 15, 21-28
En las lecturas de hoy aparece una lamentación por las personas que se han alejado y que han puesto su confianza en otras cosas que no son Dios. Que fácil se le hace al pueblo abandonar al Señor, pero también que triste, porque empieza a aparecer todas las calamidades que hay en el distanciamiento con quien nos ama tanto.
Hermanos, hermanas este vicio de abandonar a Dios nos ha seguido hasta nuestros días. Miren hoy nos jactamos de la tecnología, nos gloriamos de tener al alcance toda la literatura habida y por haber, nos sentimos importantes porque sabemos cosas de lugares lejanos y cercanos en corto tiempo y que antes tardábamos años, vestimos a la moda y eso nos hace sentirnos parte de una sociedad, y, así, cosas que nos van robando la atención y que nos pierden, y que si no las tenemos nos hacen sentir excluidos del medio donde nos desenvolvemos.

Es natural que cuando aparece algo nuevo en nuestra vida nos deslumbre y queramos poseerlo, pero nos roba la atención el objeto, la cosa, la persona, etc., y olvidamos de donde surgió eso. Fijémonos bien, todo, absolutamente todo proviene de Dios, pero como nos cuesta conectar lo que nos rodea con Dios.
Le damos poder a algo que no lo tiene y que jamás lo tendrá, pero ya nos ha robado la atención y no habrá nada que nos haga recapacitar, incluso hoy tenemos a muchas personas que se dicen ateos o ateas que no desean creer en nada, solo en lo que pueden tocar o ver y no se dan cuenta que su misma persona es la obra maestra de Dios.
Nuestro mundo vive guerras, conflictos, discordias, hay enemistades entre países, hay competencias entre naciones para ver quién es más poderoso, el hombre cree en su propia fuerza, pone su confianza en lo material, y no se da cuenta que Dios es dueño de todo eso. El martillo con el que se machaca al prójimo se llama edad y falso poder, pero eso se acaba con a muerte, y ¿si no tenemos tiempo de arrepentirnos? es hora de darle un espacio a nuestro creador en nuestra vida.
Pero ¿qué nos falta hoy para no dejar de lado a Dios? el Evangelio nos da la respuesta, nos hace falta la FE. Hermanos, hermanas, nos hace falta creer, poner nuestra esperanza en Dios, creer en nosotros mismos. Si creemos en Dios y en nosotros mismos experimentaremos la presencia santificadora de la Trinidad en nuestra vida, recobraremos la seguridad para luchar por nuestra salvación, tendremos el ánimo para servir y el impulso para practicar la caridad.
En el evangelio la mujer cananea miro a Jesús y le grito diciendo lo que necesitaba no tuvo miedo al ridículo o al qué dirán. Cuando hay una necesidad la urgencia nos hace olvidar los formalismo y aparece mi verdadero “yo” y ahí es donde entra Dios, porque ve que todo lo que nublaba la relación entre Él y la persona ha desaparecido y solo queda El, y con esa seguridad que nos da se hace presente y nos ayuda, nos llena de paz y nos da la mano para seguir adelante.
Concluye el Evangelio diciendo Jesús “que grande es tu fe” que se cumpla lo que deseas, por eso hoy te digo si tienes fe y esperanza se cumplirá todo lo que hoy mas deseas. Confía en Jesùs.

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