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Hoy comenzamos el camino de Adviento, que termina con la celebración de la Navidad.

El Adviento es el tiempo que tenemos para acoger al señor que viene a nuestro encuentro, también para verificar nuestro deseo de Dios, para mirar hacia adelante y prepararnos para el regreso de Cristo. Él viene dentro de nosotros cada vez que estamos dispuestos a recibirlo, y vendrá de nuevo al final de los tiempos “para juzgar a los vivos y a los muertos”. Por eso debemos estar siempre alertas y esperar al Señor con la esperanza de encontrarlo.

 

La liturgia de hoy nos habla precisamente del sugestivo tema de la vigilia y de la espera. En el Evangelio Jesús nos exhorta a estar atentos y a vigilar a fin de estar listos para recibirlo en el momento del regreso. Nos dice: “Estén atentos, vigilen, pues no saben cuándo será el momento […] No sea que venga inesperadamente y los encuentre dormidos”.

La persona que está atenta es la que, en el ruido del mundo, no se deja llevar por la distracción o la superficialidad, sino que vive de modo pleno y consciente, con una preocupación dirigida en primer lugar a los demás. La persona vigilante es la que acoge la invitación a velar, es decir, a no dejarse abrumar por el sueño del desánimo, la falta de esperanza, la desilusión; y al mismo tiempo rechaza la llamada de tantas vanidades de las que está el mundo lleno y detrás de las cuales, a veces, se sacrifican tiempo y serenidad personal y familiar.

Estar atentos y vigilantes son las premisas para no seguir deambulando fuera de los caminos del señor, perdidos en nuestros pecados y nuestras infidelidades; estar atentos y alerta, son las condiciones para permitir a Dios irrumpir en nuestras vidas, para restituirle significado y valor con su presencia llena de bondad y de ternura.

Papa Francisco, reflexión del primer domingo de Adviento del 3 de diciembre de 2017.

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