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Por Carlos A. Peón Casas.

La historia escrita de la Iglesia Católica en Cuba, y en especial la que involucra al Arzobispado santiaguero, no estaría completa sin este  singular recorrido histórico del canónigo Lic.  Don José Trinidad Rodríguez y Díaz, quien fungía, para el minuto que esta obra viera la luz, con la Dignidad de Chantre de la Santa Basílica Metropolitana de Cuba, Examinador Sinodal de dicho Arzobispado, Socio correspondiente de la (Sociedad) Económica de Amigos del País, Caballero Comendador de la Real distinguida Orden española de Carlos III y condecorado con la Cruz del Santo Sepulcro de Jerusalén.

 

Este ya muy raro ejemplar, impreso en Barcelona, en la Imprenta Ibérica de Francisco Fossas en 1890, y que afortunadamente hemos podido salvar para los fondos bibliográficos de la Biblioteca Diocesana de Camagüey en su ya crecida sección de “Raros y Valiosos”, durmió ese sueño a veces, innominado entre legajos recién descubiertos  en el Arzobispado de Camagüey, finalmente encomendado nuestro cuidado. Su lectura complementa datos singulares del discurrir de la  historia eclesiástica de la antigua arquidiócesis santiaguera, de la que la extensa región principeña, era entonces parte.

En su Prologo el autor apunta sobre la génesis de tan interesante y necesario tratado cuando dice:

“Al publicar las presentes Breves Noticias sobre la Fundación de las Iglesias y Capillas del Arzobispado de Santiago de Cuba, no hacemos más que compilar en este volumen las que, en expedientes, libros, folletos y manuscritos se encuentran diseminadas (…).

Y ni cortos ni perezosos hacemos un primordial y necesario bojeo por esos avatares tan singulares a la que fuera aquella jurisdicción eclesial que abracaba la ciudad del Príncipe, con sus principales parroquias, así como las que correspondían a las áreas rurales.

De tal suerte, el capitulo que alude al Camagüey, o con más precisión a la “Vicaría Foránea de Puerto Príncipe”, da cuenta de las entonces parroquias que la conformaban en la ciudad a saber: Santa María o Mayor, Soledad, Santa Ana, Santo Cristo, San José y la Caridad; en espacio rurales la lista incluía: El Carmen de San Jerónimo (luego Florida), Nuevitas, San Miguel del Bagá, Sibanicú, Cubitas y Santa Cruz del Sur.

Dos obispos fueron consagrados en la primitiva Parroquial Mayor. El primero lo fue, el 29 de junio 1707: D. Fray Francisco del Rincón, Arzobispo de Santo Domingo, oficiando D Fray Jerónimo Valdés quien cumplía por entonces su Visita Eclesiástica a la ciudad principeña; y el segundo consagrado fue D. Joaquín de Osés, de manos del D. Fray Cirilo de Barcelona, obispo auxiliar del Obispo Tres Palacios, el hecho ocurría el 24 de noviembre de 1793.[1]

Hay datos muy curiosos como el que refiere a los límites de la entonces Parroquia de Ingreso de San José, que ya en tal época llegaba como hoy  hasta el poblado de Minas, separado de la ciudad por unas 9 leguas; otras nueve contaban desde allí a San Miguel de Nuevitas.

Un detalle sugerente es que el texto  marca todavía la existencia de la famosa Beneficencia, que no puede ser otra que la que San Antonio María Claret, arzobispo de Santiago, promovió  a la altura de la calle San Ramón en su lado norte, y que según noticias nunca pudo hacer efectiva, aunque según records consultados al menos contó con algunas edificaciones, y que  según refiere en el libro citado, se ubicaba en “San Ramón del número 2,” coincidiendo con la barriada que hoy conocemos con el mismo nombre a partir de la actual calle de Ignacio Sánchez, y pasada la actual línea férrea, inexistente entonces.

Otros pormenores alusivos a los entonces límites parroquiales nos descubren los de la por entonces Parroquia de Ingreso de Santo Cristo, que ya en 1723 el Pbro. D Emeterio Arrieta tuvo la licencia para construir. 

De la parroquia de la Caridad, leemos con atención algunos detalles que hasta aquí no habíamos leído por otros autores, y que nos sirven para en plan de cierre de esta iniciática cercanía a un libro tan esencial para la historia de la historia eclesial local, que todavía debe completarse con ejemplares como este, con elementos nuevos y reveladores. Dice el autor que para la época que la originaria ermita, se le añadieron dos naves, contaba entre sus alhajas “una gran Custodia, regalo de Dña. Josefa de Agüero, que pretenden es la mejor de la Isla”[3]

 

 



[1] En esa ceremonia y según se cita “se insultó” y falleció posteriormente en la ciudad el presbítero de Cuba Don Francisco Antonio Díaz quien fungía como Maestro de Ceremonia del Diocesano.

[2] Ibíd. Citado por Pezuela. Diccionario Geográfico.

[3] Ibíd. Citado por Pezuela. Diccionario Geográfico.

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