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Giorgio LinguaEsmeralda, 31 de enero de 2016
IV Domingo del Tiempo Ordinario
Excelencia, queridos hermanos y hermanas:
En la primera lectura hemos escuchado que Jeremías es llamado por Dios a ser profeta de las naciones y en el Evangelio proclamado hoy Jesús se presenta como el profeta que cumple su misión. Como todos los profetas, también Jesús no es bien aceptado en su patria, porque no actúa según las expectativas de los hombres, sino en el modo querido por Dios. Cita por tanto dos profetas, Elías y Eliseo, que cumplieron prodigios no en su tierra sino en los países vecinos. El pueblo esperaba a un profeta que derrocara el imperio romano, Jesús en cambio pedía la conversión del corazón.

El término profeta deriva del griego antiguo profétes, que es una palabra compuesta del prefijo pro, que significa “delante de, anterior a”, pero también “por”, “al puesto de”, y del verbo femí, que significa “hablar, decir”. Por tanto, literalmente significa “aquel que habla delante” o “aquel que habla por, en lugar de”. El profeta por lo tanto, habla en lugar de, en nombre de Dios.
En las Santas Escrituras el profeta no era un vidente o un hombre que predecía el futuro, sino que era el hombre de la palabra de Dios, aquél que la escuchaba con obediencia y la anunciaba a todos los hombres, no para agradarles, para recibir consensos, sino para invitarles a la conversión.
La Iglesia toda, como Cuerpo de Cristo que continúa en el mundo, es una comunidad de profetas. Pero, ¿qué significa ser profeta en el mundo de hoy?
La Palabra que Dios quiere dirigir hoy a los hombres a través de nosotros, a través de la Iglesia es: Misericordia.
El Papa Francisco está convencido de ello. Por esto mismo ha convocado un Año Santo, un Jubileo de la Misericordia. Nosotros estamos llamados a anunciar a los hombres la Misericordia de Dios. Estamos llamados a ser “profetas de la Misericordia”.
Hay muchos conflictos en el mundo. Hay violencia, terrorismo. Hay también trata de seres humanos, atropello del hombre sobre el hombre, persecuciones religiosas, hay abusos e injusticias, discriminaciones y racismo. Estamos en el Tercer Milenio, hemos llegado hasta la Luna. La ciencia y la medicina han dado pasos de gigante. Nos ponemos en comunicación desde una parte a la otra del planeta con gran facilidad. La informática cada día nos ofrece nuevas posibilidades, tecnologías siempre más y más avanzadas…, y sin embargo, nos comportamos como bárbaros, incivilizados. Construimos armas siempre más precisas y devastadoras. De palabra, todos dicen querer la paz, pero lo que se difunde en verdad es la guerra. Y no conseguimos saciar el hambre de millones de personas, ni asegurar un techo a todos, ni respetar la dignidad de cada hombre.
Tenemos los medios para construir un mundo mejor, tenemos la posibilidad de utilizar instrumentos excepcionales para edificar la familia humana, para vivir como hermanos aunque vivamos lejos. Y en cambio, utilizamos mal todos estos instrumentos. Los errores del pasado, que condenamos con fuerza, parecen no obstante que no nos han enseñado nada: Dios, ¡perdona los pecados de la Humanidad!, ¡perdona nuestros pecados!
Hoy como nunca tenemos necesidad de Misericordia. Después del pecado de Adán y Eva, después del asesinato de Abel por parte de su propio hermano Caín, Dios no ha abandonado jamás a la Humanidad.
Dios ha continuado enviando profetas para anunciar Su amor, para pedir la conversión del pueblo. Por último, ha enviado a Su Hijo: “Dios ha amado tanto al mundo que ha enviado a su propio Hijo” (Jn III, 16).
No ha enviado a Su Hijo porque lo mereciéramos, porque éramos buenos, sino porque éramos pecadores. Jesús es la Misericordia de Dios que viene al encuentro de nosotros, pobres pecadores.
Dios ha dado un paso hacia nuestra miseria, respondiendo a nuestra maldad con Su Amor, enviando a Su Hijo, el cual no ha venido para hacernos pagar el mal que hemos cometido, sino a pagar Él mismo, por nosotros, el precio de nuestro pecado. No ha venido a condenar el mundo sino a salvarlo. Jesús ha sido “profeta de Misericordia”. Ha hablado en el nombre del Padre para decirnos: los quiero, y lo ha demostrado con los hechos ya que “nadie tiene un amor más grande que éste: dar la vida por los propios amigos” (Jn. XV, 13).
Cada uno de nosotros ha sido llamado a anunciar la Misericordia de Dios en el mundo, sin miedo, porque “Te harán guerra, pero no te vencerán, porque yo estoy contigo para salvarte”, ha asegurado el Señor al profeta Jeremías. No temamos, Dios está con nosotros. Nos envía a ser sus profetas, a anunciar que no quiere que nadie se pierda. “Dios, en efecto, no ha enviado al Hijo al mundo para condenarlo, sino para que el mundo sea salvado a través suya” (Jn. III, 17).
¿Estamos listos para esta llamada? ¿Estamos dispuestos a dar nuestro sí?
“Heme aquí que vengo para hacer tu Voluntad” (Heb. X,7), debe ser nuestra respuesta, como ha dicho Jesús.
“He aquí a la Sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc. I, 38), respondió María a la llamada.
“Heme aquí, envíame a mí” (Is VI, 8), ha replicado el profeta Isaías a la invitación de Dios.
“Habla, que tu siervo escucha” (1 Sam. III, 10), ha dicho Samuel ante la llamada de Dios.
También cada uno de nosotros somos llamados a pronunciar nuestro “Aquí estoy, estoy listo, envíame”. Mándame a decir a todos que los amas. “Antes de formarte en el vientre, te escogí, antes de que salieras del seno materno, te consagré: Te nombré profeta de los gentiles” (Jer. I, 5) ha dicho Dios al profeta Jeremías. Antes de salir del seno materno hemos sido pensados para cumplir un proyecto. Nadie nace por casualidad. Nadie es indeseado por Dios. Todos hemos sido pensados y creados por amor. Todos tenemos la tarea de anunciar aquel amor, de hacer lo posible para que los hombres se den cuenta de que son amados por Dios.
Anunciar la Misericordia de Dios, como ha sido para Jesús, no es cuestión de palabras. Los hombres quieren verla. Para anunciar la Misericordia de Dios se debe ser testigos de la Misericordia misma. ¿Cómo?
Nos lo dice San Pablo en la segunda lectura que acabados de proclamar: “El amor es comprensivo, el amor es servicial y no tiene envidia; el amor no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites”
Con todo el respeto para San Pablo, yo preferiría pasar del abstracto al concreto, me parece más incisivo. No me gusta decir “el amor es comprensivo", prefiero decir “quien ama es comprensivo”, “quien ama es benévolo, quien ama no es envidioso, no presume…”.
¿Quién es el comprensivo?  Es el questo modo com-prende, el magnanimo, quel tiene un ánimo grande, quien es tolerante, que no condena las diferencias de los otros, sino que las aprecia y se enriquece con ellas.
¿Quién es benévolo? es el que quiere el bien de los otros, busca el bien de todos. No piensa solamente en sí mismo. Sabe acoger del otro aquello que de bueno tiene, desea ver mejorar al otro, es feliz en el constatar sus pasos hacia adelante.
Por esto mismo, no es envidioso, sino que goza de los éxitos de los otros como si fueran propios. Está contento cuando los otros son más capaces. Aprecia y alaba los dones que ve en los hermanos. No considera al otro como un rival, sino como un hermano querido; sabe gozarse de los dones de los otros y de los éxitos obtenidos.
Quien ama no presume, ya que sabe que todo lo ha recibido de Dios. No mira a los otros por encima del hombro, sintiéndose superior, sino que considera a los otros superiores a sí mismo. Pone sus dones al servicio de los otros con sencillez, sin humillar aquellos que no saben hacer eso que él sabe. Jamás falta al respeto, ni a los superiores ni a los inferiores. No desprecia a nadie, no juzga a ninguno.
Quien ama no busca el propio interés. Incluso cuando sabe que ha perdido algo, está contento cuando los otros pueden ganar. Deja a los otros el primer puesto, porque sabe dar precedencia. No reacciona por cálculos de beneficio, no se aprovecha de sus circunstancias ni de las ocasiones que se le presentan. Actúa siempre gratuitamente, sólo por la alegría de ver feliz al otro. Es generoso, da a manos llenas.
Quien ama no se irrita. No se deja arrastrar por la cólera, no insulta por ningún motivo, no se enfada si el otro yerra, sabe comprender las situaciones e interviene también con severidad, pero siempre para construir, nunca para destruir. Y porque es humilde es también paciente.
No lleva en cuenta el mal sufrido. Hace como si no sintiera las maldades u oyera los insultos. Sabe que todos pueden equivocarse. No dice “¡me la pagarás!”, sabe restablecer siempre los lazos, sabe responder al mal con el bien, sabe sorprender al otro con un perdón sincero.
No le gusta la injusticia, sino que goza con la verdad. No aprueba jamás los comportamientos injustos, no los comparte ni los justifica, y no se ríe jamás delante de la maldad, sino que la contesta decisivamente. Al contrario, goza cuando ve la rectitud y la honestidad, y se felicita en modo cordial y sincero.
Quien ama todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. Como una buena madre respecto a los hijos que yerran.
Sólo quien ama es un verdadero “profeta de la misericordia”. Encontrando a una persona misericordiosa, la gente pensará: “si esa persona, con todos sus limitaciones, me quiere tanto, ¿Cuánto más grande será el amor de Dios?”
Hoy algunos entre ustedes recibirán la plenitud del Espíritu Santo. Es el Espíritu de Dios que les inunda con sus dones y que les convertirá en profetas de Misericordia.
¿Y cuáles son los dones del Espíritu Santo? La Iglesia identifica siete de ellos:
Consejo, que los ayudará a entender lo que Dios quiere de ustedes en la vida;
Sabiduría, que los hará comprender que en la vida Dios vale más que todas las demás cosas;
Fortaleza, que los ayudará a mantener los buenos propósitos que hacen;
Inteligencia, que los hará percibir la presencia de Dios en todos los eventos de la vida, aún en los más dolorosos;
Piedad, que los hará capaces de hablar con Dios, reconociéndolo como Padre misericordioso;
Temor de Dios, que los hará entender que Dios debe ser respetado, que no se puede abusar de su Amor;
Ciencia, que los hará entender que toda la creación es obra de Dios, y Él está presente en todo.
Son estos los 7 dones del Espíritu Santo que hoy recibirán. No se ven con los ojos del cuerpo, pero se sienten, con los sentidos del alma.`
Os deseo a todos ser “profetas de la Misericordia”, contando con los dones que el Espíritu Santo les ha dado.

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