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Nuncio GiorgioCamagüey 2 de febrero de 2016

Fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo.

Hoy celebramos la Fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo. Esta fiesta, como hace dos años nos recordara el Papa Francisco en su homilía del día de la Presentación, es denominada también la fiesta del encuentro: “en la liturgia, al inicio se dice que Jesús sale al encuentro de su Pueblo, es el encuentro entre Jesús y su pueblo; cuando María y José llevaban su niño al Templo de Jerusalén, se produjo el primer encuentro entre Jesús y su pueblo, representado por los dos ancianos Simeón y Ana. Aquél fue también un encuentro al interior de la historia del pueblo, entre los jóvenes y los ancianos: los jóvenes eran María y José, con su neonato; y los ancianos eran Simeón y Ana, dos personajes que siempre frecuentaban el Templo”. Es el encuentro entre el Antiguo y el Nuevo, entre el Primero y el Segundo Testamento.


Pero podemos ver aquí también el encuentro entre la ley y el espíritu. Si miramos cómo Lucas describe la escena, vemos que subraya en cuatro ocasiones que María y José se acercan al templo para cumplir cuanto estaba prescrito por la Ley. Eran judíos practicantes y no querían descuidar ningún precepto de la ley: “llevaron a Jesús a Jerusalén, para presentarlo al Señor (de acuerdo con lo prescrito en la ley del Señor: “Todo primogénito varón será consagrado al Señor”)” y querían “entregar la oblación (como dice la ley del Señor: “un par de tórtolas o dos pichones”)”; mientras llega Simeón, Lucas repite que los padres llevaban al Niño Jesús “para cumplir con él lo previsto por la ley” ; y concluye diciendo: “Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la Ley del Señor, se volvieron a Galilea” (cfrLc II, 22.23.24.27).
Lo que empuja a María y a José es el deseo de cumplir la Ley de Dios, la Voluntad del Señor. “Esto no es un hecho exterior, no es para sentirse mejor, ¡no! Es un deseo fuerte, profundo, lleno de gozo. Es aquello que dice el Salmo: “en el sendero de tus enseñanzas se encuentra mi alegría… Tu ley es mi delicia” (CXIX, 14.77), comentaba todavía el Papa Francisco.
Al mismo tiempo, el Evangelista subraya que Simeón y Ana estaban guiados por el Espíritu Santo. De Simeón dice que era un hombre justo y pío, que esperaba la consolación de Israel, que “el Espíritu Santo estaba sobre él” y que “el Espíritu Santo le había preanunciado” que antes de morir habría visto al Cristo, el Mesías y, además, observa que se acercó al Templo “movido por el Espíritu”. En cambio, de Ana dice que era una “profetisa”, es decir, que también estaba inspirada por Dios. Ella, después de quedar viuda, permanecía siempre en el Templo para servir “a Dios con ayunos y oraciones”.
María y José, por tanto, se mueven por la Ley, Simeón y Ana, por el Espíritu. El Espíritu y la Ley les lleva a encontrarse. El Espíritu y la Ley nos llevan a encontrarnos con Dios.
Normalmente se cree que los jóvenes están más dispuestos a seguir el espíritu, la fantasía, la aventura; mientras que los ancianos son más fieles a las prescripciones, a la ley. Aquí vemos justo lo contrario. Los jóvenes esposos siguen la Ley mientras que los ancianos son guiados por el Espíritu. Y todos se encuentran.
Es interesante. Nos dice que no hay contradicción entre ley y espíritu. ¡Que la Ley no va contra la libertad y que la libertad no es ausencia de ley! María y José seguían la Ley, pero al mismo tiempo obedecían al Espíritu. Simeón y Ana eran animados por el Espíritu, pero contemporáneamente eran fieles observantes de la Ley. Si se es fiel a la Ley se experimentará también la libertad que da el espíritu, y verdaderamente uno se siente en libertad. Lo más importante es que ya quien cumpla la ley, ya quien siga el espíritu, no lo haga para “sentirse bien” o para “hacer aquello que me gusta”, sino que se haga para cumplir la Voluntad de Dios.
    En la Voluntad de Dios se encuentra nuestra paz. Y la Voluntad de Dios es Ley y es Espíritu.
San Francisco de Sales explicaba este concepto hablando de voluntad de Dios significada y voluntad de Dios de beneplácito.
Por voluntad de Dios significada se entiende la observancia de los mandamientos de Dios y de la Iglesia, los deberes del propio estado: si una persona es consagrada debe seguir las Constituciones y las Reglas del propio Instituto; si uno está casado, los deberes matrimoniales, etc.
Por voluntad de Dios de beneplácito se entiende, en cambio, adaptarse a todos aquellos acontecimientos queridos o permitidos por Dios, que no están previstos, pero que sirven igualmente para nuestro mayor bien y para nuestra santificación, como podría ser la enfermedad, un accidente, pero también la visita inesperada de una persona, en definitiva, todo aquello que no es previsible por nosotros, pero que no por eso no es querido por Dios, ya que nada sucede sin el querer o el permiso de Dios, el cual, siendo infinitamente sabio/omnisapiente e infinitamente bondadoso, nada quiere y nada permite si no es para nuestro bien, incluso cuando nosotros no somos capaces de verlo.
Jesús dice que no ha venido para abolir la Ley, sino para darle cumplimiento.
“El amor no hace algún mal al prójimo: la plenitud del cumplimiento de la Ley es el amor…”, nos recuerda Pablo en la Epístola a los Romanos (Rm XIII, 10). ¿Qué quiere decir? El amor no se puede codificar, no tiene límites. La ley nos señala lo mínimo que tenemos que cumplir para amar a Dios, el amor nos pide hacer lo máximo para amarlo con todo el corazón, toda la mente y todas nuestras fuerzas. Por eso, perfecto cumplimiento de la Ley es el amor.
Jesús ha añadido una Ley sola a aquella que ya existía. Ha añadido “su ley”, aquello que llama “mi mandamiento”, el “mandamiento nuevo”: “amaos unos a los otros como Yo os he amado”. También antes de Jesús existía la ley del amor al prójimo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” estaba escrito en el libro del Levítico (Lev XIX, 18). Al célebre rabino Hillel (nacido al menos medio siglo antes de Jesús) se le atribuye el dicho: “No hagas a los otros aquello que tú quisieras que te hicieran a ti: ésta es toda la Torah. El resto son comentarios. Ve y estudia”. Aquello que Jesús añade, su novedad, es la reciprocidad. Jesús manda no solamente amar a los otros, sino de amarnos “los unos a los otros”. Pero, ¿cómo se puede ordenar la reciprocidad? Yo puedo amar, pero si el otro no me ama, ¿qué culpa tengo? Pidiendo la reciprocidad, Jesús nos dice que la plenitud de la Ley, su mandamiento ¡no se puede vivir solos! Incluso un eremita que se retira al desierto, o en una gruta de cualquier montaña, debe estar en comunión, al menos espiritual, a distancia, con un hermano. De otro modo, no puede vivir el Mandamiento Nuevo.
San Benito se había retirado solitariamente en una gruta del monte Subiaco; San Francisco había comenzado en soledad, dejando todo y a todos para seguir a Dios en la pobreza; San Antonio Abad había ido al desierto para dejar el mundo, ¡y miren cuántos discípulos han tenido! Quien sigue a Jesús no está nunca solo, el amor atrae, el amor genera la reciprocidad.
Yo estoy convencido que es importante ponerse de acuerdo, al menos con una persona, para vivir juntos el Evangelio. Simonetta era una chica de mi parroquia. Participaba siempre en los encuentros del grupo juvenil. A los 20 años tuvo un cáncer cerebral. Fue operada, pero sin éxito. No podía venir más a la parroquia. Un día, fui a verla a su casa, y me dijo: “yo ofrezco todo por tu misión”. Estaba siempre sola, en su casa, pero vivía el Mandamiento Nuevo. Daba su vida por mí, por la parroquia. Había entendido que su soledad en el lecho de dolor podía ser una oportunidad para amar.
Pero qué culpa tengo yo si mi hermano, después que nos hemos puesto de acuerdo, ¿no corresponde más a mi amor? ¡He aquí la necesidad de la Misericordia!
Estamos en el Año Santo extraordinario de la Misericordia. Todos nosotros esperamos en la Misericordia de Dios para con nosotros. Pero no podemos esperar la Misericordia si no sabemos tener Misericordia. ¡La misericordia más difícil de poner en práctica es precisamente con aquellos de casa, con aquellos que pertenecen a nuestra comunidad, con los más cercanos! ¡Es fácil ser misericordiosos con aquellos que están lejos!
La misericordia es aquello que permite restablecer los lazos de unión cuando éstos se rompen. ¡La misericordia es el secreto para vivir siempre el mandamiento de Jesús: “amaos los unos a los otros como yo os he amado”!
Un día, cuando tenía 22 años, tuve un gran accidente de carro. Perdí el sentido durante algunas horas y estuve a un paso de la muerte. Cuando me desperté en la cama del hospital, sentía dolor por todo el cuerpo a causa de diversas fracturas y heridas. Aquel día había trabajado en el campo con mi padre. Él quería hacer las cosas a su manera y yo a la mía. Cuando partí en carro no había conseguido reconciliarme con mi padre, a pedirle perdón. Apenas recobré el sentido me acordé de este hecho. Además del dolor físico, sentía un dolor en el alma todavía más grande: ¡habría podido irme para el cielo sin el perdón de mi padre! Me parecía la cosa más terrible. Me di cuenta que lo más importante es vivir en paz, porque Dios nos pedirá cuentas sobre nuestras relaciones con los otros.
Por esto he entendido que tenemos que reconciliarnos cada día. Mirarnos cada mañana con ojos de misericordia, con ojos nuevos. Entonces cada vez se repita el encuentro. Se experimenta la libertad del espíritu en la obediencia de la Ley.
Nadie está obligado a perdonar, pero sólo el perdón lleva a la libertad.
Que la Fiesta de la Presentación nos recuerde que debemos ser fieles a las leyes pero abiertos al espíritu que nos habla en nuestro interior. Es el Espíritu quien nos invita siempre a la reconciliación, a superar las diferencias y las divergencias. Es el Espíritu que nos lleva a encontrarnos siempre en un modo nuevo, a hacer la paz cada vez que la hayamos perdido.
Espero que todos ustedes encuentren la fuerza de perdonar, sólo así podremos experimentar la Misericordia de Dios para con nosotros y vivir en paz y harmonía con nuestros hermanos. En efecto, cada día rezamos en el Padrenuestro: “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

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