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1) Motivación: 

Comenzamos  esta  lectura  haciendo  silencio  exterior  e  interiormente.
Creamos la actitud interior de “escuchar a Dios”.


2) Lectura del texto:

Marcos 1, 12-15. Leemos muy despacio, atentos a este texto.
 
3) Comentario:
 
No existen los tiempos ideales. Pueden existir tiempos favorables y momentos ideales, pero no existen los “tiempos” ideales.
Para Jesús llega el tiempo de iniciar su vida pública. Para asumirlo, hace un corte con su cotidianidad:
deja su casa, su trabajo, su mundo social. Se interna en la aridez del desierto. Se enfrenta con el  demonio, que  por  definición  es  aquel  que  obstruye  el  camino,  el  que  se  opone  a la  lógica  de  Dios  mostrando  el atractivo de pensar en uno mismo, desinteresarse de los demás, hacer lo que a uno le gusta… Y luego empieza  una  vida  errante,  predicando  a  un  pueblo  que  no  era  mejor  que  el  nuestro,  que  no  estaba
precisamente  apasionado  por  hacer  su  vida  más  dócil  a  Dios.  ¿Eran  tiempos  ideales?  No,  eran  tiempos duros, pero Jesús tiene muy claro lo que quiere hacer, lo que quiere elegir. No es el tiempo el que marca a Jesús, es Jesús quien marca a su tiempo.
¿Cuál es el tiempo ideal para casarse, tener hijos, cambiar de trabajo, o de ciudad, o de país? ¿Cuál es el tiempo ideal para asumir un compromiso caritativo o social? ¿Cuál es el tiempo ideal para realizar sueños o proyectos metidos en el alma? Pueden existir, repito, tiempos favorables, pero no ideales.  
Esto  mismo  sucede  con  la  fe.  No  existen  los  tiempos  perfectos  para  vivir  la  fe:  los  días  ideales  para rezar,  para  leernos  un  libro  de  la  Biblia,  para  asistir  a  Misa  incluso.  No  existen  los  tiempos  en  los  que  se
hace más fácil o más cómodo ser coherentes con el Evangelio, abrirnos a la caridad y ver al prójimo como a un hermano. Momentos sí, tal vez, pero sólo eso, momentos.
Integrar a Dios en la cotidianidad nos da una vida diferente, pero Dios no se ve, no nos habla al oído, no  lo  sentimos a  nuestro  lado  ante  la  necesidad  de  otro.  Y  eso  sin  contar  con  que  vivimos  rodeados  de reclamos, ocupaciones, preocupaciones, imprevistos…, y el día en que amanecemos sin nada de esto, ese día nos duele la cabeza o nos falla el ánimo.
En realidad, sólo nosotros podemos ser los tiempos ideales, cuando decidimos proteger lo que amamos y  organizar  nuestra  vida  de  tal  modo  que  todo  lo  que  nos  tira  se  ubique  para  dejar  espacio  a  lo  que consideramos importante.
La  Cuaresma  es  un  tiempo  en  el  que  se  nos  vuelve  a  hacer  una  pregunta:  ¿es  Dios  quien  marca  tu cotidianidad, o es alguien que, poco más, poco menos, se asoma de tanto en tanto a tu cotidianidad? Porque esto no depende de “los tiempos”. Nosotros somos los tiempos.
 
4) Aplicación a nuestra vida.  
Volvemos a leer el texto y dejamos que la Palabra de Dios  nos cuestione, y compartimos juntos:

1. La fe no es algo abstracto sino algo que se vive en la cotidianidad y que se muestra en el diálogo diario  con  Dios  y  en  el  contar  con  Dios  en  la  toma  de  decisiones.  Si  tuvieras  que  mostrar  la  presencia  de Dios en tu cotidianidad, ¿cómo lo harías?
2. En  este  momento,  ¿estás suficientemente  conforme  con  tu  vida  de  fe,  o  no  estás  del  todo satisfecho  con  el  modo  en  que  vives  tu  relación  con  Dios?  En  este  último  caso,  ¿qué  sientes  que  te  falta? ¿Qué puedes hacer para empezar a caminar hacia lo que quieres?
3. Tú eres tu tiempo ideal, tú decides cuánto quieres proteger lo que amas, tú decides cómo organizar tu vida para que lo que te importa tenga espacio. ¿Necesita tu familia que organices mejor lo que tira de ti para que ella pueda tenerte más? ¿Cómo?  
 
5) Conclusión.
 
Dios puede hacerse presente de muchos modos en la cotidianidad de una familia y, de hecho, es muy posible que cada familia viva esa experiencia de modo incluso automático. Por eso, como familia, tomamos
conciencia de un modo en el que Dios se hace presente en nuestra cotidianidad, para vivirlo esta semana con mayor conciencia.
Una vez hecho esto, tomados de la mano, rezarán un Padre Nuestro y un Ave María.
Al finalizar, harán la señal de la cruz mientras uno, en nombre de todos, dice: “Que nos bendiga Dios Todopoderoso, Padre, Hijo, y Espíritu Santo”. Amén.

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