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Por P. Alberto Reyes.

La realidad habla, tanto la interna como la externa. Y ante la realidad que habla, tenemos dos retos: aceptar lo que dice y elegir cómo actuar ante ella de modo tal que nuestro actuar responda a lo mejor de nosotros mismos.

 

Este es el cuadro del Evangelio de hoy. ¿Cuál es la realidad interna de Jesús? Está cansado, y quiere un tiempo de soledad con sus discípulos, quiere escucharlos, estar a solas con ellos, disfrutar de un rato de pacífica intimidad. Pero esa realidad interna se encuentra improvisamente con una realidad diferente, esta vez externa: la gente se le ha adelantado, la gente ha llegado antes que él porque quieren escucharlo, necesitan escucharlo, porque se sienten como ovejas sin pastor.

Son dos realidades en conflicto, que Jesús resuelve siendo fiel a lo mejor de sí mismo: se queda con la gente y, como dice el Evangelio, se pone a enseñarles “con calma”.

Yo quiero imaginar que Jesús, cuando terminó de hablar a la gente, cuando todo el mundo se fue, cuando por fin se quedó a solas con sus discípulos, se sentiría mucho más cansado, pero en paz, con ese gozo sereno que surge de la conciencia de haber sido fiel a los valores que nos habitan, cuando sabemos que hemos elegido el bien mayor.

No es infrecuente que nuestras realidades entren en conflicto. Cuántas veces la realidad externa nos pide (a veces a gritos) una palabra, un gesto comprometido, una definición de principios, un estar presente, un decir sí o no. Y nuestra mente es plenamente consciente de lo que la vida nos reclama. Sin embargo, nuestra  realidad  interna  nos  habla  de  miedo,  de  cautela,  de  inseguridad,  de  lo  conveniente  de  ser “políticamente correctos”, de la posibilidad de provocar en otros disgusto, rechazo e incluso exclusión. Y entramos en ese momento crucial y mucha veces apremiante de decisión, porque los conflictos entre las realidades deben ser resueltos.

Es allí donde decidimos sernos fieles o traicionarnos, es allí donde decidimos vivir el Evangelio y secundar nuestra conciencia, o donde pactamos con nuestros miedos, con nuestras mezquinas conveniencias, y preferimos la calma a la paz del alma.

Las montañas siempre serán un reto. Puedo quedarme al pie de la montaña, y evitar el esfuerzo, la subida dolorosa, el sudor y el cansancio; o puedo empezar a caminar cuesta arriba, asumiendo el dolor, el agotamiento, incluso el desaliento. Puedo elegir la nada seductora, o puedo elegir la experiencia inigualable del camino que llena de vida y de paz inquebrantable.

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