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Escrita por: Verónica Elvira Fernández Díaz.
En la iglesia del Cristo del Buen Viaje y dedicada a la Inmaculada Virgen María, el padre canta la misa en el más solemne estilo acompañado de cantos sobrios y nobles; con una entonación que a manera de preámbulo anuncia el ofrecimiento musical que el músico camagüeyano Giondano Bastián Cordero regala a la madre de Dios y a los feligreses asistentes, entre los que se encuentran también estudiantes, egresados y profesionales de la música del Camagüey. No es la primera vez que la iglesia camagüeyana se integra a la comunidad a través de la música de concierto.

Recitales como estos han podido escucharse en la iglesia de San Juan de Dios con el Dúo A Piacere y agrupaciones vocales de música antigua, o en la Catedral con la Camerata Infantojuvenil del Conservatorio José White y Rumbatá, entre otras. Pero este convite, con la Virgen como eje central logró aunar al público docto y el cándido; aprehendiendo unos de otros: respetando los credos, disfrutando la liturgia y la velada como un todo.
Las credenciales con que se presenta al concertista me resultan escuetas. Los que conocemos a Giondano desde niño sabemos de sus numerosas cualidades humanas, éticas y cívicas, su carisma y devoción por la música, tan meritorios como los logros obtenidos a lo largo de su carrera profesional dentro y fuera del país; y quizás por ser una de las personas que le conoce desde la infancia me resulte difícil deslindar entre el músico y el amigo, la valoración minuciosa y la crónica subjetiva.
El repertorio interpretado esa noche fue selecto, en lo particular soy una apasionada de la música barroca por ser una época de esplendor en la música para violín, así como una etapa de gran espiritualidad, recogimiento y a la vez, grandeza. Las obras -algunas con cierto dejo exótico como la «Siciliana» de la Sonata en G minor BWV 1001 y la «Sarabanda» de la Partita No. 1 en B minor BWV 1002 ambas de Johann Sebastian Bach-, reflejan la sublimidad del período y en especial, la maestría compositiva adquirida por los músicos barrocos en el arte violinístico. Las obras de Georg Philipp Teleman, más que Fantasías parecen concebidas como conciertos breves con una idea central bien identificada y la alternancia habitual de tempos que ofrecen, junto a las obras de Bach un bloque musical homogéneo.
Para terminar Giondano regaló al público el Ave María de Franz Schubert, pieza que si bien rompe con la sensibilidad barroca se inserta perfectamente en la temática general de la homilía: la Virgen Inmaculada, dejando al público con el deseo de seguir escuchando obras de esa naturaleza y cultivando a la vez, en las autoridades religiosas y el público llano el deseo de repetir veladas como estas.
El intérprete mostró un sólido dominio del violín. Una técnica que más allá de años de estudio de licenciatura y postgrado revela la pasión y constancia del músico en la práctica cotidiana con su instrumento. La limpieza en la ejecución de pasajes de cierta complejidad -teniendo en cuenta las características del repertorio seleccionado-, en particular los adornos y algún que otro fragmento donde primó la ejecución de dobles cuerdas es muestra de su destreza, pericia e interiorización de los aspectos que identifican las obras interpretadas; así como la conciencia del intérprete al asumirlas dentro del concierto.
Es por ello que la interpretación cobra un valor agregado, hay que tener en cuenta que se trata de obras para violín solo, donde ojos, oídos y la percepción toda está pendiente del instrumentista y su instrumento. La música barroca para violín no es pródiga en pasajes escalísticos virtuosos, difíciles arpegios, o ágiles cadenzas. Por el contrario, tiene la peculiaridad de combinar sobriedad y espiritualidad en las oposiciones de dinámicas y cambios agógicos al finalizar las ideas musicales; aspectos que contribuyen a enriquecer el cariz exegético que se va haciendo habitual en las obras escogidas por este músico camagüeyano cuando ofrece sus conciertos.
Pese a ser un público no habituado a este tipo de concierto dentro de su iglesia, las obras fueron bien acogidas. Siempre se sucedieron aplausos inesperados que más que ovaciones a la destreza del intérprete funcionaron como dislates causados por el desconocimiento del tipo de composiciones. No obstante, el público se adecuó a la situación y las obras, finalmente, pudieron escucharse sin interferencias. Es por ello que se insiste en la necesidad de incrementar los vínculos entre la iglesia y la actividad musical de la ciudad, ya que conciertos como estos contribuyen a aumentar la cultura musical de los feligreses, estrechar vínculos que existían antaño y consolidar la vida musical de la ciudad agramontina.

Sobre la Autora:

Verónica Elvira Fernández Díaz.
Doctora en Ciencias sobre Arte.
Profesora Titular de la Universidad de las Artes y la Universidad de Camagüey. Investigadora Auxiliar del Centro de Estudios Nicolás Guillén. Premio Anual de Investigación Cultural 2007 con “Diccionario de la música camagüeyana. Siglo XIX” y 2015 con “Música e identidad cultural. Puerto Príncipe 1800-1868. Premio CUBADISCO 2014 en Producción de Investigación Musical con el CD Páginas de vida. Música camagüeyana del siglo XIX. Ha publicado artículos en Cuadernos de Historia Principeña de la Oficina del Historiador de la Ciudad de Camagüey, el Anuario de la Universidad de las Artes y la revista Antenas de su ciudad natal. También tiene trabajos publicados en la revista Videncia de Ciego de Ávila, Sic de Santiago de Cuba y Clave de Ciudad de La Habana, así como artículos en varios libros. Otros trabajos suyos se han publicado en Lisboa, Portugal; Baeza, España y Santiago de los Caballeros, República Dominicana.