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Iglesia Catedral Metropolitana de Camagüey, 21 de enero del 2017
Mons. Wilfredo Pino Estévez
Queridos todos:
En la mañana del pasado martes, al salir del legendario e histórico Guantánamo, daba gracias a Dios por el lindo regalo de estos diez años vividos allí. ¡Hay tantas personas a las que estoy agradecido! ¡He aprendido tanto de la fe y el amor de los sencillos…!

Aprendí, por ejemplo, en el precioso Vega del Jobo, con aquellos extraordinarios campesinos que caminan cinco kilómetros loma abajo (y que, al regreso, serían loma arriba) para poder participar en la Misa.

Aprendí con la novedosa iniciativa de las comunidades del recientemente tan castigado Maisí, que cada año se organizan para recoger latas de café y entregar el dinero recaudado por ese trabajo a la colecta para el Seminario, de la que son punteros en la Diócesis en los últimos años.

Aprendí escuchando el testimonio de aquella señora de San Antonio del Sur dando fe del cambio que ella había dado desde que empezó a ir a la iglesia los domingos y a las clases de formación de los miércoles. “Porque antes –me decía- cuando un desconocido tocaba a la puerta pidiéndome un poco de agua para tomar, yo se la daba de la llave y en un vaso de plástico. Pero ahora, desde que vengo a la Iglesia he cambiado, y cuando me piden agua, la doy del refrigerador y en el vaso de cristal de florecitas”.

Y como ésas, muchas, muchísimas experiencias enriquecedoras más.

Siempre he escuchado que “el primer amor nunca se olvida”. Debo decirles que ¡Guantánamo ha sido “mi primer amor” como obispo”! Estoy seguro que de ahora en adelante los camagüeyanos me perdonarán si, a cada momento, les esté compartiendo vivencias de Guantánamo, de su gente y de su Iglesia. Ellos, los guantanameros, supieron tener paciencia y comprenderme cuando yo les hablaba a cada rato de ustedes.

Los guantanameros aquí presentes recordarán que, cuando llegué a su tierra, les pedí que me enseñaran a ser su obispo. Diez años después, reconozco que los profesores fueron mejores que el alumno. No pude aprender todo lo que me enseñaron, pero me siento muy orgulloso de haber tenido tan buenos maestros: sacerdotes, religiosas, diáconos y laicos. Y, además, aprendí de personas que no son de nuestra Iglesia.

También el martes mencionado pedí que nos desviáramos y pasáramos un momento por el Santuario del Cobre. Quise, una vez más, encomendar a nuestra Virgencita de la Caridad, la tarea que ahora tengo por delante. Visitarla me hizo renovar mi amor por ella, por Cuba y por la Iglesia cubana.

El Papa Francisco ha querido que mi episcopado lo continúe ahora en el también legendario e histórico Camagüey. No hace falta preguntarle qué espera él de mí porque ya lo dijo a todos los obispos del mundo en su Exhortación Apostólica “El gozo del Evangelio” (# 31), y me lo aplico: “Tú, como obispo, a veces irás delante para indicar el camino y cuidar la esperanza del pueblo. Otras veces irás simplemente en medio de todos con tu cercanía sencilla y misericordiosa. Y, en ocasiones, deberás caminar detrás del pueblo para ayudar a los rezagados y, sobre todo, porque el rebaño mismo tiene su olfato para encontrar nuevos caminos”.

Ahora, ya en Camagüey, les comparto que, si hace 10 años llegué a Guantánamo “muy asustado” porque no conocía a la gente, ni la geografía, ni la labor a realizar, hoy llego aquí solo “asustado”, sin el “muy”, porque es territorio conocido y de muchas personas conocidas. Pero, no les oculto que me asusta la tarea a realizar porque los dos últimos arzobispos que han pasado por aquí me han dejado el listón muy alto.

¡Cómo no recordar en este día a Monseñor Adolfo, el primer Arzobispo de Camagüey, el hombre grande y, a la vez, sencillo y humilde! Por eso pedí llevar en esta celebración el báculo que él uso. Por eso, al entrar a esta Catedral, recé de rodillas ante su tumba.

¡Cómo no recordar al santo Obispo que nos enseñaba, de palabra y con sus obras, a confiar siempre en el Señor, convicción que lo hizo ser sereno y positivo aun en horas oscuras y difíciles de nuestra historia!

¡Cómo olvidar al hombre que le dedicaba a la persona que tenía delante todo su tiempo como si no tuviera otra cosa más que hacer… que la atendía como si fuera la única persona existente en el mundo además de él! ¡Qué memoria tan increíble la suya para recordar nombres y rostros de personas!

¡Grande fue su amor para con sus sacerdotes! ¡Cómo olvidar al obispo de los detalles, de las delicadezas, de las felicitaciones en el aniversario y del cariño a todos por igual, creyentes o no, importantes o no! ¡Era el pastor que conocía a sus ovejas, y las ovejas lo conocían a él!

¡Camagüey nunca podrá olvidar a un obispo que supo quedarse con los que se quedaron, a un hombre de Dios que llamó a abrir ventanas donde los hombres cerraban puertas, a un hombre que quería dialogar con todos, incluso con los que no querían dialogar!

¡Cómo olvidar al hombre que hizo de la oración del Rosario a la Virgen una obligación diaria y que muriera con un rosario entre sus manos!

¡Ningún camagüeyano podrá agradecer suficientemente a Dios el regalo de Monseñor Adolfo para esta Arquidiócesis, su sabiduría de corazón y de mente, su visión de las cosas, su luz larga ante los problemas de cada día, sus repetidas llamadas a no perder la virtud de la paciencia!

¡La Iglesia de Camagüey nunca olvidará la elegancia, la discreción y fortaleza espiritual con las que hacía frente a las adversidades! Fue un experto en distinguir entre un acto y una actitud. Confió siempre en que (y las siguientes son palabras suyas): “El diálogo será siempre el camino mejor, necesario, posible y único, en todos los niveles… Mucho más en Cuba que está llena de once millones de cubanos dialogantes de los que proverbialmente se dice: “Los cubanos, hablando, se entienden”.

¡La Iglesia de Camagüey, Cuba entera, vive aún de sus consejos y de lo que enseñó en sus homilías! ¡Tal pareciera que sigue vivo entre nosotros!

¡Cómo podremos olvidar la confesión que hizo en la Misa por sus 50 años de sacerdocio: “Si volviera a nacer, volvería a ser sacerdote, y si alguien me preguntara dónde, le contestaría que en Cuba, incluso con sus nubes; en esta Iglesia cubana que es todo menos aburrida, y con este pueblo cubano que cada vez veo más claro que es un pueblo religioso y que quiere seguir siendo religioso”!

¡Gracias, Monseñor Adolfo, santo arzobispo, por estas otras palabras suyas en ese día citado: “No me arrepiento de haber repetido millares de veces, en las buenas y en las malas, en las horas fáciles y en las difíciles: “Señor, en ti confío”!

Ésta es la explicación de por qué escogí como lema de mi episcopado lo que dice el versículo 3 del salmo 37: “Confía en el Señor y haz el bien”. Lo de “confiar en el Señor” tiene que ver con Mons. Adolfo. Y lo de “hacer el bien” tiene que ver con Mons. Juan. 

Porque yo también tengo que aprender mucho, muchísimo, de Mons. Juan. En este momento no le estoy mirando la cara, pero supongo que no le va a gustar que haga el elogio que, con toda verdad y derecho, haré de él. Tal vez me estoy aprovechando de que ahora, quizás, le dará pena regañarme…
Ciertamente, en esto de hacer el bien, Mons. Juan siempre ha sido para mí un maestro. Y por eso le pedí prestada ésta, su sencilla cruz pectoral, para llevarla en esta Misa.

¡Camagüey le agradecerá siempre su preocupación y su ocupación por cualquier familia, en cualquier lugar de la diócesis o más allá, afectada por un ciclón, por una inundación, por un incendio!

¡Los sacerdotes del Camagüey han sido testigos de su dedicación en ayudar a los que se esfuerzan en ampliar sus casitas debido al nacimiento de nuevos hijos!

¡Camagüey puede dar testimonio de cómo cada día sale un empleado del Arzobispado con un grupo de vasijas llenas de un caldo, un puré o una sopa concentrada para ayudar a la alimentación de personas enfermas!

¡Camagüey es testigo de su permanente búsqueda de medicamentos, de pampers y de cualquier ayuda para los enfermos encamados! ¡Mons. Juan conoce, como la palma de su mano, en qué piso está la sala de cirugía, o de ortopedia, o de medicina, de nuestros hospitales!

Quizás no todos saben que, en días de mucho frío, él les pedía a los sacerdotes le comunicaran si conocían a personas que podían necesitar frazadas para hacer gestiones al respecto.

¡Qué preocupación la suya cuando un sacerdote o una religiosa se enfermaba! Insistía en que ingresaran en el Obispado para servirlos personalmente. El Obispado se convertía en una sala más del Hospital Provincial.

¡Con relación a los empleados de la Iglesia, no le pasaba inadvertido el Día de las Madres y el de los Padres sin que hubiese un regalo personal para ellos!

¡Camagüey conoce de su permanente ayuda a personas en necesidad, a las embarazadas, a las familias con hijos discapacitados!

Quizás ustedes no conocen que Mons. Juan cargaba personalmente muchas cajas de barras de guayaba compradas cerca de aquí, en La Vallita, para que los familiares de presos tuviesen algo más que poner en la jaba que les llevan el día de la visita.

¡Camagüey nunca va a olvidar sus homilías y, de manera especial, aquellas en que, con extraordinarios ejemplos, nos invitaba a hacer el bien!

Ya, cuando todavía era el sacerdote de Florida, iba en carreta o camión a buscar leña al monte con la que hacer la comida para en la iglesia para más de 100 necesitados, dos veces por semana.

Y no olvidamos otra iniciativa suya: en los tiempos en que hay una gran producción de calabazas en la finca del Autoconsumo de la Iglesia, él se dedicaba a regalarlas. Seguramente que, a la gente que pasaba por la calle al final de una Misa, le llamaría la atención ver saliendo de la iglesia a hombres y mujeres, cada uno con una calabaza.

¡Ése es Mons. Juan!

Al haber hablado de él y de Mons. Adolfo entenderán las razones por las que escogí las lecturas de la Biblia que fueron proclamadas hoy. En la primera de ellas, escuchamos cómo el profeta Elías, a punto de partir, le indicaba a su discípulo Eliseo que le pidiera lo que quisiera que hiciera por él. Y Eliseo que le responde: “¡Ah, si yo pudiera recibir las dos terceras partes de tu espíritu!”.
¡Eso es precisamente lo que yo estoy rezando desde que tomé conciencia de lo que se me pedía en Camagüey! ¡Que Dios me conceda ser y hacer aunque sea una tercera, una cuarta parte, un “pedacito”, de lo que han sido y han hecho Mons. Adolfo y Mons. Juan!

En la segunda lectura, San Pablo da consejos a su comunidad de Roma (y al nuevo Arzobispo de Camagüey) sobre cómo hacer el bien. Y entre los más de 20 ejemplos que me propone, quisiera destacar el último: “No te dejes vencer por el mal. Al contrario, vence el mal con el bien” (Rom 12, 21).

Para tratar de conseguir esto les pido que no dejen de rezar por éste, su nuevo arzobispo. Me confío de manera especial a las religiosas de la Provincia Eclesiástica. A ellas, que son mujeres de mucha oración, me gusta llamarlas “los pararrayos de una Diócesis”. ¡Sabrá Dios de cuántos peligros se libra un país, una ciudad, una comunidad, un obispo, un sacerdote… gracias a la oración intercesora de ellas! ¡Sabrá Dios cuántas cosas salieron bien porque ellas rezaron para que salieran bien!

De la misma manera me confío a la oración de los sacerdotes y diáconos, mis más cercanos colaboradores. Sigo proponiéndome que sus alegrías sean mis alegrías y sus penas sean mis penas.
En este momento, mi pensamiento va hasta la sala de Terapia Intensiva de nuestro Hospital Provincial donde está ingresado, y muy enfermo, el Padre Sarduy. No me extraña haber visto lágrimas, en estos días, en sacerdotes y laicos. A él lo tenemos puesto en las manos de Dios. El día de mañana, donde quiera que Dios disponga, aquí o allá, seguirá siendo para muchísimos camagüeyanos, el padre, amigo, consejero, maestro, confesor, el viejo con alma joven, el siempre fiel a la Iglesia de ayer y de hoy. El Camagüey que tanto quiso ha tenido, tiene y tendrá en él un intercesor ante Dios.

Queridos camagüeyanos y guantanameros aquí presentes: Dos años después de haber sido nombrado obispo, un joven de Guantánamo, Helmer Acosta, diseñó el escudo que aún no me había preocupado por tener, y que tienen dibujado ustedes en la portada de su cantoral. Ahora, Orestes, otro joven del Camagüey, le añadió lo propio de un escudo arzobispal. El joven guantanamero colocó, en la parte inferior, el típico tinajón llevando dentro, como en el escudo de Mons. Adolfo, la flor nacional de la mariposa. Y en la parte superior puso elementos que caracterizan a Guantánamo: las montañas, el sol que por allí sale cada día y uno de sus muchos ríos. También tuvo la delicadeza de colocar la imagen de la Virgen de la Caridad. Finalmente, el artista dibujó una franja ancha de color azul y blanco dividiendo las dos partes: Camagüey y Guantánamo.

¡Así está mi corazón desde la tarde del sábado 26 de noviembre en que se me comunicó el deseo del Papa Francisco de que pasara a Camagüey! Dividido mi corazón, no sin dolor, en dos partes: Camagüey y Guantánamo. Me he consolado leyendo varias veces un correo que me envió Mons. Juan trece horas antes de que se hiciera público mi nombramiento y que él, como los demás obispos, ya conocía. Doy fe de que Maisí le agradece infinitamente la ayuda que le ha prestado enviándoles un sacerdote camagüeyano de los que hacen tanta falta en Camagüey porque un sacerdote nunca sobra en ninguna diócesis y siempre hay pueblos que los necesitan como Sibanicú, Céspedes y el Central Colombia. En el mensaje a mi celular, de solo ocho palabras, y sin faltar al secreto, me escribió: “Estoy feliz porque Maisí seguirá perteneciendo a Camagüey”. ¡Gracias, Monseñor Juan! Como pide el Papa Francisco en la Exhortación mencionada (# 80): ¡Tú no te has dejado robar el entusiasmo misionero!

Encomiendo mi nuevo trabajo pastoral a la protección maternal de la Virgen de la Candelaria, nuestra Patrona, y a la intercesión del Padre Valencia y de los beatos José López Piteira y José Olallo Valdés. Me encomiendo a la oración de muchos ejemplares camagüeyanos que conocí y gozan ya de la felicidad eterna con nuestro Dios. Y me confío también a la oración de tantos otros camagüeyanos y no que, dentro y fuera de Cuba, me la han prometido.
Y a los que no rezan o no saben rezar, les pido lo que les suele pedir el Papa Francisco: “Deséenme, entonces, algo bueno”.

Sepan los guantanameros que hace diez años fui a su tierra con el mismo amor con que quería y servía a los camagüeyanos. Y sepan los camagüeyanos que ahora regreso al Camagüey con el mismo amor con el que he querido y he servido a los guantanameros.
¡Que Dios los bendiga!

Comentarios   

86Edwardo
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