Valoración del Usuario: 0 / 5

estrella inactivaestrella inactivaestrella inactivaestrella inactivaestrella inactiva
 

1)  Motivación:  Comenzamos  esta  lectura  haciendo  silencio  exterior  e  interiormente.
Creamos la actitud interior de “escuchar a Dios”.

2) Lectura del texto: Mateo 22, 15-21. Leemos muy despacio, atentos a este texto.
 
3) Comentario:
    Todos nosotros vivimos inmersos en un sinfín de responsabilidades, es decir, debemos “responder”
(que  es  el  sentido  de  la  palabra “responsabilidad”) ante muchas cosas:  la  familia (esposa/o,  hijos,  padres
mayores, mantenimiento de la casa…), el estudio, el trabajo, los amigos, los proyectos, la sociedad… Y no
sólo debemos responder día a día sino que el mundo que nos rodea necesita que respondamos. No se puede
dejar a un hijo sin comer, o a un padre anciano sin asear; no está bien ser irresponsable con el estudio o el
trabajo. Día a día, mil voces nos reclaman, y muchas veces con todo derecho.
    Pero  la  vida  no  se  agota  en  nuestras  responsabilidades,  porque “no  sólo  de  pan  vive  el  hombre1”.
Cristo vino a hacer camino con nosotros, a llenar de sentido nuestra pertenencia a la familia, al estudio, al
trabajo, a las  relaciones  humanas…,  Cristo  vino a  darnos  fuerzas,  y  motivación,  y  luz  en  las  decisiones,  y
energía para el camino, y perspectivas de trascendencia. Pero el efecto de la acción de Cristo en nosotros no
es mágico, sino que surge de la interacción y de la intimidad con él. Y la intimidad necesita tiempo, y ratos a
solas.  En  otras  palabras,  Dios  también  necesita  Su  espacio:  en  tiempo,  en  encuentros  comunitarios  en  su
nombre, en actitudes de vida, en decisiones diarias. 
    La  paradoja  es  que  cuando,  sumergidos  por  nuestras “responsabilidades”,  utilizamos  en  ellas  los
tiempos  de  Dios,  resolvemos mucho  pero  existimos poco,  y la  vida  se  convierte  cada  vez  más  en  una
agobiante e  interminable carrera  de  obstáculos.  Por  el  contrario,  cuando  se  respetan  los  tiempos  de  Dios,
cuando decimos a las voces apremiantes: “ahora te esperas”, todo fluye mejor,  y se hace realidad el salmo 127:
    “Si  el  Señor no  construye  la  casa,  en  vano  se  cansan  los constructores; si  el  Señor  no  guarda  la
ciudad, en vano vigilan los centinelas. Es inútil que madruguéis, que veléis hasta muy tarde, que comáis el
pan de vuestros sudores, Dios lo da a sus amigos mientras duermen”.
  Pero hay más. Respetar los tiempos y las voces de Dios exige de nosotros, como diría Santa Teresa,
una “determinada  determinación”.  Si  una  madre  deja  sin  comer  a  su  hijo,  éste  protestará  en  seguida  y  no
faltará quien la reprenda; si no asistimos al trabajo, alguien habrá que nos localice  y nos pregunte qué nos
pasa. Pero respecto a nuestra relación con Dios, nadie suele estar atento a ello, e incluso si alguien nota que
nuestra relación con Dios va mal, es muy probable que no diga nada para no “meterme en la vida de nadie”.
Hoy  día,  o  nos  proponemos  vivir  respetando  los  espacios  de  Dios,  o  esos  espacios  se  volatilizarán
absorbidos por un mundo cada vez más demandante y seductor.
  Parafraseando a Jesús, podríamos decir: “Dale a tu familia, a tus estudios, a tu trabajo, a tus amigos,
a tus cosas pendientes… su tiempo y sus energías, y dale a Dios el espacio y el tiempo que es suyo, para que
todo lo demás sea fuente de sentido y gozo y no de agobio y vacío”.
 
4) Aplicación a nuestra vida.
 
1.- Madre Teresa de Calcuta decía que “si estás triste, tal vez hay algo que no le estás dando a Dios”.
¿Tiene algo que ver esa frase contigo?
2.- ¿Sientes  que tu  vida  es  una “agobiante  y  perenne carrera  de  obstáculos”, o  es  una  lucha  serena
donde  desde Dios hay tiempo para dar sentido a lo que haces y reponer las fuerzas?
3.- ¿Disfrutas vivir?
 
5) Conclusión.
 
  En  familia,  se  decidirá  para  esta  semana  un “tiempo de  vagancia  y  amistad”, sin  celulares,  sin
televisión,  sin  tecnología…,  es  un  tiempo  para “estar juntos”,  que  empezará  con  un  momento  de  oración
donde  cada  miembro  de  la  familia  agradecerá  en  público  a  Dios  algo  que  es  resultado  de  la relación  que
tiene con Él.
 
  Luego, rezarán juntos un Padre Nuestro y un Ave María.
Al finalizar, harán la señal de la cruz mientras uno, en nombre de todos, dice: “Que nos bendiga Dios
Todopoderoso, Padre, Hijo, y Espíritu Santo”. Amén. 
                                                
Cfr. Mt 4, 4.

Escribir un comentario

Comente aquí


Código de seguridad
Refescar