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  Por Merlis Pereira Velázquez

Hoy 31 de julio, la Iglesia celebra la fiesta de San Ignacio de Loyola. Mucho enseña la vida de Íñigo, como inicialmente se llamaba a Ignacio. Su historia de conversión, como la de muchos otros Santos, nos muestra como Dios nos llama a todos y cada una a vivir la santidad, con el pasado que hayamos tenido, con lo que somos.

Para él, en su juventud,era muy importante el éxito, el triunfo, la diversión. Disfrutó de una buena educación, aprendió a vivir como rico y le entusiasmaba mucho aprender el manejo de la espada, vestir bien, la fama, las proezas.

 Varias fueron las aventuras vividas por aquel caballero de la realeza, sin embargo, una le cambiaría la vida. Para el 1518 un ejército de más de diez mil hombres llegó a Pamplona para conquistarla. El duque de Nájera, junto con muchos otros, huyó del lugar por miedo, pero Iñigo permaneció, pues le parecía de cobarde la huida, era para él indigno y vergonzoso. No le importaba morir en aquel combate, pero antes de emprenderlo se confesó con un compañero.

En aquella batalla no murió, como varios de sus compañeros, pero sí cayó herido cuando una bala de cañón le quebró una pierna y le hirió la otra.Así, herido, permaneció varios días, en los cuales sufrió mucho física y moralmente. Luego volvió a casa sin aquellos aires retadores de hacía un tiempo.

Hubo necesidad de una nueva operación para restaurar sus huesos rotos, sin embargo, luego de un tiempo a Ignacio se le presentan signos de muerte. Ante esta realidad decide confesarse y comulgar para poner en paz su alma. Sin embargo, comienza a mejorar y a retomar la ilusión de vivir. Una vez más desea Ignacio leer sus libros de caballería, pero al no haber en la casa, su cuñada le presta unos de la vida de Cristo y los santos.

Cuando Ignacio mira hacia atrás se da cuenta de cuánto había sido un hombre dado a las vanidades del mundo, deleitándose en el deseo de ganar honra. Sin dudas, a pesar de tener fe en Dios, no había vivido según aquella fe. Entonces, desde aquellas lecturas, comienza a descubrir una nueva especie de caballeros: los caballeros de Cristo.

Desde entonces la oración se convirtió en algo fundamental en su vida. Se había dejado enamorar por aquel Dios que le hablaba y así decidió irse a la tierra de Jesús cuando ya pudo caminar. En Arámzazu oró ante la Virgen pidiendo fuerzas. Tenía miedo de sí mismo. Comenzó allí haciendo votos de castidad. En aquella lucha de romper con su vida anterior intensificaba su oración y su batalla contra el pecado, incluso llegó a azotarse por varias noches. Pasó por varios pueblos y ya en Monserrat, sin más testigo que Dios y la Virgen, se quitó sus ropas vistosas y las regaló, luego se vistió, como los más pobres, saco. Así se sentía libre de sus ataduras, de su vanidad, de sus aires de grandeza, libre para comenzar una nueva vida. Desde entonces Ignacio sería un caballero de Cristo.

Mucho bien hizo Ignacio en su vida desde que nació al hombre nuevo: cuidó enfermos, ayudó a muchos pobres, fundó la Casa de Santa Marta para acoger a las mujeres de la vida que quisieran cambiar su existencia, entre otras cosas. Sin embargo, la mayor parte se dedicó a La Compañía de Jesús, fundada oficialmente el 27 de septiembre de 1540.  Otro de los grandes aportes ignacianos son los Ejercicios Espirituales, resultado de su propia experiencia de conversión a Dios.

Ignacio supo discernir entre la gloria pasajera y la eterna. Un hombre de palabra y acción, movido por la voluntad de imitar a Cristo desde su auténtico encuentro con él. Comenzó a ver a Dios desde la vida de los santos. Así su vida y su método (los Ejercicios Espirituales) puede ser también un instrumento que nos lleve a un verdadero encuentro con Cristo, a conocerlo más, para más amarlo y mejor servirlo.

En nuestra Arquidiócesis los jesuitas están presentes en la parroquia de San José, reparto La Vigía. Involucrados en la compleja situación actual que vive nuestro pueblo, su labor es un desafío. Continúan desarrollando diversos ministerios, además de la parroquia, el Centro Loyola, la pastoral juvenil y la misión que desarrollan en más de quince comunidades rurales y ocho Capillas. El centro de su labor es la espiritualidad ignaciana y los Ejercicios, que le dan una impronta a toda esta labor.

Trabajos en grupo, campamentos 2007

 

Frente del templo de San José en Camagüey, Cuba

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